Extrañaba a mi hermano es cierto, por eso lo visitaba con frecuencia. No llegaba a comprender aún el porqué se había ido.
Mis tiempos libres los aprovechaba en ir a verlo y mi madre aprovechaba para enviarme su ropa limpia y demás necesidades que mi hermano pedía. En ese momento era yo el intermediario….el mensajero.
Mis padres no lo visitaban, mi hermano menor tampoco, el único nexo que había entre él y mi familia era yo y bueno las llamadas telefónicas en las que Esteban hacia sus requerimientos a mi madre.
De mi casa a aquel populoso distrito era alrededor de una hora, me daban para el taxi, pero por mi afán ahorrativo, a decir verdad guardando un poco para mis próximas salidas con mis patas, me iba en micro. Cargando miles de cosas cual ekeko llegaba a mi destino. El sol arreciante, la pobreza y el pandillaje era lo más notorio de aquel lugar.
-Ta mare como Esteban llegó a parar aquí- me decía mientras caminaba por las arenosas calles.
-Buenas tardes hermanito- era el saludo de una anciana muy humilde, regalándome una noble sonrisa y continuando su camino.
-Buenas tardes- respondí sin comprender aún el porque me dijo hermanito mientras caminaba prontamente para llegar a mi destino. Conforme avanzaba por aquellas inclinadas calles vi unos rostros salir por las ventanas de aquellas rusticas viviendas, me miraban, sonreían…pero de pronto la sonrisa desaparecía, se ocultaban y cerraban sus ventanas, al instante volvían a salir y me miraban otra vez extrañados…no entendía porque lo hacían.
-Ahí está el hermanito- era el grito que oí a lo lejos.
De pronto una avalancha de niños venían hacia mí, era impresionante cuantos eran, eso me paralizo, no sabía qué hacer, para mi eran unos pirañitas.
Todo era gritos y polvo cuando estaban a tan solo unos metros se detuvieron me miraron y se fueron corriendo… menos uno…un pequeñín, quien se paro en frente mío por unos segundos y se sentó en el suelo…mirándome. Volví acoger mis cosas y continúe con mi marcha, sorteé a aquel niño quien en silencio se levanto y camino detrás mio.
Conforme avanzaba lo miraba y el a mi, no me temía, no le daba vergüenza, él era distinto a los otros niños, le decían “piquiriqui” que traducido del quechua al castellano significa “pulguita de arena” y a decir verdad lo describía perfectamente dentro de su contexto.
A los pocos minutos me veía perdido, no sabía a dónde ir, nunca antes había ido sólo, era la primera vez. Me senté al borde de un muro que se encontraba cerca, y miré alrededor, no había nadie, éramos solo el sol, la arena y aquel niño.
-Hola, ¿cómo te llamas?- le dije sin encontrar respuesta alguna, solo sonreía.
-¿vives por aquí?- la misma actitud, sin respuesta, de pronto dejo de mirarme y se puso a jugar en la arena.
-¿Dónde estoy?- era uno de esos momentos en los que te dices -hoy no debí haber salido de casa…- se hacía de noche y el lugar era desolado y peligroso, de pronto el pequeño tirando de las cosas que llevaba me comenzó a guiar, viendo a lo lejos mi lugar de destino…“la casa de los doce”.
La casa de los doce era un pequeño espacio en donde habitaban doce muchachos, muy distintos en realidades uno del otro, pero con un característica en común…aspiraban a una vida religiosa, una vida religiosa dentro de “LA ORDEN”.
Ellos de una forma devota y muy ascética, a decir verdad, vivían de la caridad de quienes prestos se solidarizaban con ellos… la más solidaria y única persona que yo recuerde… mi madre.
Ella enviaba toda clase de víveres, velaba por la subsistencia de su hijo y en verdad que lo hacía bien, porque al parecer había adoptado a once muchachos más.
Los doce esperaban anhelantes ser considerados como miembros de "La Orden", por sus meritos, su esfuerzo, exigencia y radicalidad. El estilo de vida que llevaban no era muy adecuado por llamarlo así, eran doce en un solo cuarto, compartían la ducha, todo era muy reducido, pero ahí se acomodaban. Trabajaban con el pueblo, daban charlas, apoyaban a la parroquia, daban apoyo espiritual y dictaban clases a los niños, siendo mi hermano Esteban el encargado de aquellos pequeños salvajes a quienes trataban de encaminar.
-Oye eres igualito a Esteban- decían los miembros de la casa.
-Sólo que este si creció- era el comentario de uno de ellos, despertando las carcajadas de todos y mi hermano con ellos.
-Oye, nunca vengas a estas horas es muy peligroso por acá, no eres de la zona, tuviste mucha suerte ..de verdad- me dijo mi hermano.
-él me trajo- les dije, señalando a “piquiriqui”, quien al verlos corrió y se puso a jugar con ellos.
El más pequeño de la tropa de linchamiento, me guio y dejó en el lugar correcto, sin pronunciar palabra alguna, solo con una sonrisa…una muy pequeña que nunca olvidaré.
Gracias “piquiriqui”…donde quiera que estés.