El primer beso, recordarlo puede llevarnos a lugares
especiales, robarnos una sonrisa, suspiros, emociones que despiertan la simpleza
del primer y más puro de los sentimientos. La edad de la inocencia empieza a
partir llegando las tan esperadas y necesarias vivencias que todos tenemos que
alcanzar por el orden natural de la vida…si el primer beso…pero que para mí fue
el inicio de una pesadilla.
Verano del 89, el calor
en su máximo esplendor, las tan ansiadas vacaciones llegaron, con tiempo
de sobra para tan solo hacer nada, sin límites para levantarse ni para
acostarse, tiempos en que los parámetros no existen…eso lo diría cualquier niño
de la época, cualquiera menos nosotros. Mi madre una mujer muy preocupada por
sus hijos, pues ocupaba nuestros tiempos muertos en toda clase de talleres para mantenernos ocupados, Karate, natación, pintura, dibujo, pero ese
año algo ocurrió.
Ya había oído algunas críticas de sus hermanas.
-Ya déjalos tranquilos, que se entretengan. ¡¡Que disfruten de
sus vacaciones!!.- eran las opiniones de mis tías quienes reunidas en sus
clásicos domingos debatían sobre las consecuencias de los excesos
extracurriculares vs autonomía pistera.
Ese único año mi madre hizo la prueba y nos dejo libres, el
primer verano sin verlo de pasada o por la ventana. Fue un año distinto, lo que esperamos en mucho tiempo, poder
compartir con amigos…como niños normales.
Me encantaba estar en la calle, como a cualquier niño, la
diversión con los amigos de la cuadra era vital, por aquellos tiempos la calle
era el lugar ideal para dejar descargar las energías, no habían miedos ni desconfianzas,
era el momento para que nuestros padres descansen sin bullicios y tengan su
espacio de paz.
Mientras que nosotros hacíamos, planeábamos, inventábamos
todo lo que se nos ocurriese. Al no haber tantos lugares de entretenimiento
como los que hay ahora, pues generaba que todos los niños se juntasen y vean
que mejor pueden hacer y como la pueden pasar. En verano las migraciones
empiezan en los barrios, el primo, luego el amigo del amigo y así van
apareciendo seres extraños que pasan a formar parte del entorno amical,
ampliando la diversión...pero también arrastrando consigo nuevos problemas.
Fue así que conocí a Sandro, un muchacho de tez oscura, de
agradable trato, pelotero y tranquilo, pero dentro de todas sus cosas con aires
de galán.
En mi cuadra no habían ningún malandrín, todos éramos niños “de
casa”, chicos sanos e inocentes, nos conocíamos todos de pequeños y éramos como
familia.
En verano como les dije, todos migran, algunos se van y
otros vienen, ese verano vino a pocas casas de la mía una sarta de chicas que alboroto
la cuadra y alrededores. Sandro, uno de los golondrinos, pues se aventuro a dar
inicio a los primeros diálogos con aquellas niñas.
La estrategia que no podía fallar, pasar en bicicleta una y
otra vez delante de ellas, haciendo toda clase de piruetas, Sandro perdía
plata…el circo era lo suyo.
Con una BMX sacaba a relucir y explotar todo lo que podía
con ella, en cambio mis amigos y yo teníamos unos injertos de vergüenza.
Jorge, el cabezón,
con cintas y bolines de colores entre los rayos y con un escandaloso asiento de
piel de conejo, llegando a niveles desconocidos en el cholometro, Fernando,
alias rambito por su afición a vestirse
con ropa de camuflaje, con una bici que después de montarla tenias que ir en
busca de la antitetánica, mi hermano Bernardo, con lo más moderno de la
tecnología rusa, una bici desarmable que se la había traído una tía nuestra y
bueno yo… con la bici que había heredado, la más enana de todas, de tipo contra
pedal y para hacerla decente mi papa le había puesto un timón tipo Harley.
Efectivamente la treta de Sandro había dado resultado, logro
el objetivo pero poco o nada duro la emoción, llegaban de otra cuadra unos
tipos que en realidad tenían la misma edad que nosotros, pero notoriamente con
mas calle y físicamente más desarrollados, aquí hago un alto para hacer un
reclamo público; vieja que me dabas de comer??...era una vergüenza.
A pesar de ello, en ese verano me puse de moda, a la niña
más bonita del grupo le gustaba, no lo podía creer, pero tampoco sabía qué
hacer.
Era todo muy confuso, la sensación de sentirte único y
especial, frente a la timidez de querer ocultarte y no pasar nunca más por esa
parte de la calle, a la vez con la necesidad imperativa de querer seguir siendo
observado. Sentimientos confusos que no me permitían actuar con normalidad.
Habían muchos niños detrás de aquella linda niña, aún
recuerdo su nombre… Zulay. De ojos saltones, tez
blanca, cabello castaño pero que a sus cortos 9 años los tintes ya formaban
parte de su look, ropa ceñida, trajes diminutos, no muy apropiados para una
niña de su edad, pero que dudo alguien de mi grupo criticase en ese momento.
Organizaba fiestas a las cuales me invitaba pero no iba, mis
padres cerraban las puertas a más tardar 10 de la noche y a esa hora recién iniciaba la
reunión. A parte veías a un buen número de chicos detrás de ella, lo cual hacia
que con mayor razón me distancie más.
Mi cuadra era conocida porque era un barrio gitano, haba
crecido con muchos de ellos, buenas personas, agradables, pero como en
cualquier grupo humano encontraras de todo.
Eran las 10 de la mañana cuando tocaron mi timbre, Salí por
la ventana preguntando quien era y aparecieron dos gitanos, a los cuales solo
los identificaba de vista uno de 15 o 16 años y otro aproximadamente de mi edad,
10 años para ser exactos.
-¿Esta Mateo? ¿Tú eres Mateo??- preguntaron, a lo cual muy ingenuamente
respondí que si…error.
- ¡Mira concha tu madre, si te veo cerca de Zulay te saco la
mierda!!- fue la atropellada respuesta de aquel gitano llamado Burtia, quien en
ese instante buscaba desaparecerme de la faz de la tierra.
Sujetando con fuerza el marco de la mi ventana teniendo en
frente a unos totales extraños, delincuentes en ese momento para mi, que
amenazaban con reventarme daba por iniciado a un extraño verano peculiar y que definitivamente no olvidaría.