Eran inicios
de los noventa aún con el boom del rock y lo emergente del pop, tiempo de cambios,
la crisis en Perú agudizaba, veníamos de épocas turbulentas a nivel económico
como país y se buscaba la tan ansiada estabilidad.
Para un
adolescente, que vive prendido de sus sueños egoístas y necesidades
inmediatas, este tipo de situaciones
eran nada.
Esteban,
mi hermano mayor, acaba de terminar la
secundaria, su anhelo, ser Cura, la vida
religiosa había plagado su mente y su ser, realmente no sé si fue una vocación
naciente o muy dirigida por mi madre.
Recientemente
vinculado a un grupo religioso, "EL CIRCULO", reafirmaba su deseo por alcanzar los altares,
decisión que vitalizaba a mi madre pero que indisponía a mi padre.
La
relación entre mi padre y Esteban nunca fue de las mejores, su dureza y dominancia hacia que muchas veces
Esteban termine marcando distancia llevándolo a alinear filas con mi madre.
Era
sábado, media mañana, mis padres estaban en casa cuando de pronto vemos llegar
a un Esteban eufórico.
-¡Ingrese!...¡Ingrese!!!-
era el bullicio en casa, Esteban venía con la gran novedad, ya rapado por los
amigos, antigua tradición que se daba con aquellos que entraban por primera vez
a la universidad; mi madre corriendo lo abrazo.
No
comprendía aún la importancia de ello, a mis trece años la universidad estaba
muy alejada de mis intereses personales, es más, no formaba parte de lo que yo
quería, pero no era eso lo que llamaba mi atención, era la actitud de mi padre.
Sentado,
silente, inmóvil. No entendía que le que ocurría, ¿si todo era alegría y
emoción desbordante porque él no estaba igual?.
De
pronto ocurrió… y lo que vi no lo espere menos de aquella gran muralla sólida
de roca, percepción que siempre tuve de mi padre, él solo atinó a cogerse el rostro y lloró.
Nunca
había visto llorar a mi padre, lloró de alegría, de emoción, de orgullo...pero
principalmente de realización.
Fue la
única vez que vi a mi padre proyectarse en mi hermano mayor.
No pasó
mucho tiempo y Esteban partió a nuevos lares, a buscar su realización, a
alcanzar su objetivo principal pero aquel desenlace fue muy distinto al que
todos esperábamos.
Mis
padres le dieron luz verde a su salida, pero no previeron ¿A dónde?, ¿a qué?, ¿con
quién?.
Eran
tiempos de convulsión, el terrorismo en lima y alojado en las zonas más pobres
en donde tenían mayor presencia y a su vez, zona a donde Esteban fue destinado.
Imprudencia,
locura, indiferencia, desconocimiento, términos que utilizaría para solo entender
dicha situación.
Mi hermano quien solo atinaba a decir: –¡Todo por la misión!- …Esteban el futuro mártir.
Sé que estando
ahí dentro se exigió, dio todo lo que tenía que dar y más, fui testigo
presencial de ello, mis visitas eran frecuentes a aquel recóndito y pujante
lugar.
Sus
prioridades quizás no fueron bien enfocadas, le falto aquella cuota de experiencia
que sólo la vida puede darte. Sí, mi hermano mayor no tenía mucha calle, calle
que hubiera ayudado a entender algunas
cosas. Un mal acompañamiento y ubicado en un lugar no muy adecuado para su
trabajo formativo, en manos inexpertas, con poca claridad del que hacían ahí en
“LA CASA DE LOS DOCE”, que fue así como la denomine, y sólo apelando a un
criterio que entre jóvenes no mayores de 19 años puedan brindar como aporte.
Pasaron
dos años, en el mismo lugar, bajo el mismo abandono, desinterés por parte de aquellos
que debieron velar por su desarrollo y acompañamiento. Esteban tan humano como
cualquiera se canso de esperar su turno, el llamado, la
invitación de ser parte de una elite a la cual nunca fue invitado. Sí…”LA ORDEN”.
Finales
del 96, época complicada, Bernardo y yo terminábamos la secundaria. Llegando
del colegio vimos a un Esteban sentado en la mesa con mis padres, mi madre con
el corazón partido y mi padre con la mirada perdida, habían terminado de oír la
decisión tomada.
Yo ya
sabía lo que ocurría, tan sólo hace unos días había recibido una llamada que me
dejo muy alegre y emocionado. Esteban regresaría a casa, fue él mismo quien me
lo dijo. Lo que no sabía hasta ese día era lo que ello implicaba.
Lo oi
subir por las escaleras, con la pata en alto entro a su ex cuarto, el cual yo
ocupaba desde su salida, viéndome echado en mi cama me miro y dijo:-¡Ya mierda, sal de mi cuarto!, ¡te llevas todas tus cosas que tengo que meter las mías!.- no entendía el porqué de su actitud, pero su fastidio y bronca era muy notorio, era otro, la amargura en él era muy notoria.
Nunca
respondí, realmente me agarro frio. Hice lo que tenía que hacer, regrese a mi
viejo cuarto no sin antes dejar mis grafitis… todo lo que no pude decir se lo
deje escrito en puerta y paredes.
Pero no
era su retorno la única noticia, informaba que había sido triqueado en la
universidad, situación que atormento a mi padre y por otro lado que su corazón
ya tenía dueña, estocada final que recibió mi madre y que no pudo superar en
mucho tiempo.-¡Hay que tener huevos para llegar a casa así.!- pensamiento que masticaba mientras arrastraba mi colchón a mi viejo cuarto.
Volviendo a mi realidad, me interne en mi habitación, con la mente en blanco, sin saber por dónde
comenzar y echado nuevamente en mi cama…justo donde mis cuestionamientos comenzaron
y me llevaron lejos.
De
pronto con agilidad inmediata me senté al borde de la cama y recordé aquella
última llamada que había hecho. Cogí mi casaca y salí en busca de la única persona, que en ese momento era mi único rastro de un pasado existente y que sentía debía unir para lograr sentirme cuerdo.