No solo el sol había calentado las cosas ese año, aquella
niña altero las hormonas de cuadras a la redonda y gracias a una sencilla
respuesta que dio frente a la interrogante que le hacían los chicos que la
pretendían termine volviéndome en el enemigo público, el niño más buscado y el
más envidiado.
Sufrí acorralamientos, secuestros de bandas de niños donde
me confrontaban con la niña más deseada forzándome a preguntarle a que elija
entre algún niño o yo, retos de peleas por su amor. Niña, que a decir verdad, con quien nunca cruce palabra alguna y que lo más
cerca que la tuve fue cuando se daban esos sucesos…pero ella firme en sus
respuesta… respuestas, que a decir verdad, no me favorecían en lo absoluto pero que me dejaba como su primera opción. Orgullo
interno, satisfacción, ego, pero angustia notoria porque sabía que aquellos
pirañas me iban a reventar tarde o temprano.
Veías parados en la puerta de su casa a niños desde las 9 de
la mañana hasta las 11 o 12 de la noche, no quería ni salir a comprar, realmente
un suplicio el que viví por aquellos días, pero contrariamente fueron los más
espectaculares…así de confundido estuve y por suerte mía el verano dura tan
sólo tres meses.
No voy a mentir, en cada tentativa de pelea, veía a mí
alrededor para ver con quien contaba y conmigo andaba cada moco verde a mi lado, uno más monse que el
otro....eso tenía como mi fuerza de choque.
Gracias al adiestramiento de mi hermano mayor, el cual también
era más sano y recontra pacifista me dio un consejo que a decir verdad evito, al
menos esa temporada, una golpiza de padre y señor mío.
-¡Sí no puedes contra ellos, úneteles!- fue lo que me dijo
mientras continuaba.
- No seas huevon, hazte su pata, vuélvete uno de ellos.- En
otras palabras mi hermano me pedía que me mimetizará, que sea uno más del montón,
que siguiera las ordenes a raja tabla de su gran líder a quien le decían… el
Flaquis.
Víctor Hugo, o más conocido como Flaquis, era el popular
chico problema, algo mayor que yo, delgado y alto para aquel entonces. Nunca lo
vi pelear a decir verdad, pero era el bocón del grupo, el manejaba a toda una
sarta de entre desadaptados y mongos que quieren dárselas de vivos, un total de
catorce niños de diversas edades.
Aquella noche pensé y pensé, entendía lo que me decía mi
hermano Esteban, no siempre estaría él para defenderme, que a pesar de no ser
unos de los pendejos del barrio, su edad, mayor que yo por tres años y su
porte, porque era medio prensado y se vislumbraba como el toro de la familia, pero
a mi pobre hermano le agarro la helada y su temprano desarrollo lo llevo a ser
tan sólo…El pequeño duende.
Evaluaba las situaciones y contaba con tres opciones: La
primera de ellas el enfrentarme, pelear por mi honor pero que terminaría en vergüenza.
La segunda opción muy enfocada a la propuesta de mi hermano, el ser uno de los
mongos, porque para desadaptado me faltaba muchísimo y para mongo digamos que
estaba sobre calificado. La tercera y
última opción, el no volver a salir más, que era la más difícil de todas,
porque la verdad…quería continuar sintiendo esa revolución de emociones.
No aplique ninguna de ellas, hábilmente me volví un artista,
pasaba del quedar en ridículo a tener la pose de galán indiferente. Mientras
rodeado de ellos forzado a hacer preguntas que a cualquiera le venía la
tartamudez y una gran mancha de humedad entre los pantalones, yo con toda la
correa del mundo, con mi popular sonrisita cachoza, que creo surgió a raíz de
esa situación, con total soltura y desparpajo pasaba de interrogador a un – “Vamos
chiquita, elige, o él o yo.”- versión chacota, juguetona, coqueta, indiferente,
casual, free.
Y fue así en donde sin ser parte de ellos, fui del séquito
de muchachos “con opciones” a lograr más que una ligera atención con aquella
niña.
Fin del verano, a punto de iniciar clases y este terminaba sin
golpes ni rasguños. Era un sábado, día caluroso, brillaba el sol, recuerdo la
ligera brisa en mi rostro cuando un grupo de muchachos, entre ellos la prima
mayor de aquella niña que tendría unos 17 años llamada Tamara, me llamo y me
llevo al parque. Todos a mi alrededor eran de tres años de edad a más que la mía,
algo sorprendido y sin entender lo que sucedía me sentaron en un banca de un
parque, la cual tenía a su lado un gran árbol el cual daba una linda sombra. En
ese momento mi imaginación de niño empezó a volar…
AQUELLA CASA EN EL ÁRBOL
Sueño con una casa en un árbol,
tan pequeña pero bella,
en donde tú por las mañanas
muy alegre despiertas,
y por las noches
muy temprano te acuestas.
El sol brilla...
que hermoso resplandor.
Un tenue rayo de luz,
pasa por aquellas espesas ramas
llegando a entrar por una pequeña
ventana,
iluminando el interior,
llegando yo a verte mejor,
como a una princesa
tán bella, tán radiante,
tán engreida, tán orgullosa pero muy tierna.
Al llegar la noche
un trueno rompe el silencio,
y el relámpago ilumina el cielo,
...debes de estar asustada.
La dura lluvia cae arreciante,
dando ligeros golpecitos en tú pequeña casa.
En ese momento
quisiera abrazarte,
...pero no puedo,
quisiera abrigarte,
...pero no te encuentro,
quisiera no mojarme,
...pero lo estoy haciendo,
pues estoy abajo...
Al pie de tú casa del árbol.
De pronto vuelvo a la
realidad y noto que traían a la linda niña, que solo ternura despertaba en mí.
Tamara le pregunta a su prima. –¿Es él?- ella tímidamente responde.
-Sí, es él.- su respuesta y actitud corporal era el de una
niña, si bien es cierto no era yo un viejo pero sí dos años mayor que ella, para mi había una gran diferencia…me sentía un
violador.
Los chicos grandes miraban, llegaron los de mi generación también
y miraban más, me pedían que la bese, que cumpla con la iniciación. Ella quería
su beso pero no me lo daría, yo no quería estar ahí, por mi cabeza ni me cruzaba la idea de tocarla,
pero ahí fue donde descubrí el valor de
una reputación frente al resto, habian expectativas que cubrir, pero eran
expectativas ajenas y no propias.
Mi pose de canchero iba perdiendo fuerza al pasar el tiempo
y juro, la verdad que se los juro, que el cielo se puso gris, el sol dejo de
brillar, empecé a sentir no una brisa si no un ventarrón y mi actitud de niño volvió,
no estaba listo aún…quería en ese momento solo mi vaso de leche.
Aburridos todo y cansados de mi poca acción le dieron dinamismo
con una cuantas palabras.
-¡Ya, se dan el beso o les doy un cachetadón!- Fueron las
tiernas palabras que ambos recibimos y como por arte de magia juntamos nuestros
labios.
Después del beso todos mis amigos corrieron a preguntarme
que sentí, respuesta que no di pero que en mi cabeza la tenía…nada, no se sintió
absolutamente nada.
Aquel día descubrí algo más, primero la importancia de no
saltar etapas ni hacer las cosas por presión de grupo, para que puedas disfrutar realmente de algo que si desees y lo
segundo que debes cepillarte los dientes, porque por más linda que sea la
chica, el sentir y descubrir lo que almorzó ese día no es nada agradable, mata pasión
total…mi primer beso con sabor a guiso de pollo.