lunes, 8 de agosto de 2016

EL PRIMER BESO (II)

No solo el sol había calentado las cosas ese año, aquella niña altero las hormonas de cuadras a la redonda y gracias a una sencilla respuesta que dio frente a la interrogante que le hacían los chicos que la pretendían termine volviéndome en el enemigo público, el niño más buscado y el más envidiado.
Sufrí acorralamientos, secuestros de bandas de niños donde me confrontaban con la niña más deseada forzándome a preguntarle a que elija entre algún niño o yo, retos de peleas por su amor.  Niña, que a decir verdad,  con quien nunca cruce palabra alguna y que lo más cerca que la tuve fue cuando se daban esos sucesos…pero ella firme en sus respuesta… respuestas, que a decir verdad, no me favorecían en lo absoluto  pero que me dejaba como su primera opción. Orgullo interno, satisfacción, ego, pero angustia notoria porque sabía que aquellos pirañas me iban a reventar tarde o temprano.

Veías parados en la puerta de su casa a niños desde las 9 de la mañana hasta las 11 o 12 de la noche, no quería ni salir a comprar, realmente un suplicio el que viví por aquellos días, pero contrariamente fueron los más espectaculares…así de confundido estuve y por suerte mía el verano dura tan sólo tres meses.
No voy a mentir, en cada tentativa de pelea, veía a mí alrededor para ver con quien contaba y conmigo andaba cada moco verde a mi lado, uno más monse que el otro....eso tenía como mi fuerza de choque.
Gracias al adiestramiento de mi hermano mayor, el cual también era más sano y recontra pacifista me dio un consejo que a decir verdad evito, al menos esa temporada, una golpiza de padre y señor mío.
-¡Sí no puedes contra ellos, úneteles!- fue lo que me dijo mientras continuaba.
- No seas huevon, hazte su pata, vuélvete uno de ellos.- En otras palabras mi hermano me pedía que me mimetizará, que sea uno más del montón, que siguiera las ordenes a raja tabla de su gran líder a quien le decían… el Flaquis.
Víctor Hugo, o más conocido como Flaquis, era el popular chico problema, algo mayor que yo, delgado y alto para aquel entonces. Nunca lo vi pelear a decir verdad, pero era el bocón del grupo, el manejaba a toda una sarta de entre desadaptados y mongos que quieren dárselas de vivos, un total de catorce niños de diversas edades.
Aquella noche pensé y pensé, entendía lo que me decía mi hermano Esteban, no siempre estaría él para defenderme, que a pesar de no ser unos de los pendejos del barrio, su edad, mayor que yo por tres años y su porte, porque era medio prensado y se vislumbraba como el toro de la familia, pero a mi pobre hermano le agarro la helada y su temprano desarrollo lo llevo a ser tan sólo…El pequeño duende.
Evaluaba las situaciones y contaba con tres opciones: La primera de ellas el enfrentarme, pelear por mi honor pero que terminaría en vergüenza. La segunda opción muy enfocada a la propuesta de mi hermano, el ser uno de los mongos, porque para desadaptado me faltaba muchísimo y para mongo digamos que estaba sobre calificado.  La tercera y última opción, el no volver a salir más, que era la más difícil de todas, porque la verdad…quería continuar sintiendo esa revolución de emociones.
No aplique ninguna de ellas, hábilmente me volví un artista, pasaba del quedar en ridículo a tener la pose de galán indiferente. Mientras rodeado de ellos forzado a hacer preguntas que a cualquiera le venía la tartamudez y una gran mancha de humedad entre los pantalones, yo con toda la correa del mundo, con mi popular sonrisita cachoza, que creo surgió a raíz de esa situación, con total soltura y desparpajo pasaba de interrogador a un – “Vamos chiquita, elige, o él o yo.”- versión chacota, juguetona, coqueta, indiferente, casual, free.
Y fue así en donde sin ser parte de ellos, fui del séquito de muchachos “con opciones” a lograr más que una ligera atención con aquella niña.
Fin del verano, a punto de iniciar clases y este terminaba sin golpes ni rasguños. Era un sábado, día caluroso, brillaba el sol, recuerdo la ligera brisa en mi rostro cuando un grupo de muchachos, entre ellos la prima mayor de aquella niña que tendría unos 17 años llamada Tamara, me llamo y me llevo al parque. Todos a mi alrededor eran de tres años de edad a más que la mía, algo sorprendido y sin entender lo que sucedía me sentaron en un banca de un parque, la cual tenía a su lado un gran árbol el cual daba una linda sombra. En ese momento mi imaginación de niño empezó a volar…

AQUELLA CASA EN EL ÁRBOL

 

Sueño con una casa en un árbol,
tan pequeña pero bella,
en donde tú por las mañanas
muy alegre despiertas,
y por las noches
muy temprano te acuestas.
 
El sol brilla...
que hermoso resplandor.
Un tenue rayo de luz,
pasa por aquellas espesas ramas
llegando a entrar por una pequeña ventana,
iluminando el interior,
llegando yo a verte mejor,
como a una princesa
tán bella, tán radiante,
tán engreida, tán orgullosa pero muy tierna.

 
Al llegar la noche
un trueno rompe el silencio,
y el relámpago ilumina el cielo,
...debes de estar asustada.
La dura lluvia cae arreciante,
dando ligeros golpecitos en tú pequeña casa.

 
En ese momento
quisiera abrazarte,
...pero no puedo,
quisiera abrigarte,
...pero no te encuentro,
quisiera no mojarme,
...pero lo estoy haciendo,
pues estoy abajo...
 
Al pie de tú casa del árbol.

 
De pronto vuelvo a la realidad y noto que traían a la linda niña, que solo ternura despertaba en mí.
Tamara le pregunta a su prima. –¿Es él?- ella tímidamente responde.
-Sí, es él.- su respuesta y actitud corporal era el de una niña, si bien es cierto no era yo un viejo pero sí dos años mayor que ella,  para mi había una gran diferencia…me sentía un violador.
Los chicos grandes miraban, llegaron los de mi generación también y miraban más, me pedían que la bese, que cumpla con la iniciación. Ella quería su beso pero no me lo daría, yo no quería estar ahí,  por mi cabeza ni me cruzaba la idea de tocarla, pero ahí  fue donde descubrí el valor de una reputación frente al resto, habian expectativas que cubrir, pero eran expectativas ajenas y no propias.
Mi pose de canchero iba perdiendo fuerza al pasar el tiempo y juro, la verdad que se los juro, que el cielo se puso gris, el sol dejo de brillar, empecé a sentir no una brisa si no un ventarrón y mi actitud de niño volvió, no estaba listo aún…quería en ese momento solo mi vaso de leche.
Aburridos todo y cansados de mi poca acción le dieron dinamismo con una cuantas palabras.
-¡Ya, se dan el beso o les doy un cachetadón!- Fueron las tiernas palabras que ambos recibimos y como por arte de magia juntamos nuestros labios.
Después del beso todos mis amigos corrieron a preguntarme que sentí, respuesta que no di pero que en mi cabeza la tenía…nada, no se sintió absolutamente nada.
Aquel día descubrí algo más, primero la importancia de no saltar etapas ni hacer las cosas por presión de grupo, para que puedas disfrutar realmente de algo que si desees y lo segundo que debes cepillarte los dientes, porque por más linda que sea la chica, el sentir y descubrir lo que almorzó ese día no es nada agradable, mata pasión total…mi primer beso con sabor a guiso de pollo.