martes, 11 de octubre de 2016

UN OSCURO RECUERDO


Con cuanta facilidad recordamos aquello que nos hace sentir ganadores, poderosos, lo bueno siempre  a flor de piel, es lo primero que surge en nuestra mente, recordarlo  trae con ello una sonrisa en los labios.

Lo difícil es hablar sobre aquello que también forma parte de nuestra vida, que marco y que lo tenemos ahí en lo más oscuro y profundo de nuestra mente, nunca tan presente como aquellas situaciones que nos hacen hinchar el pecho, sino que al recordarlas muchas veces lo desinflan.

Tenía 10 años de edad, me encontraba en 5to de primaria. Era yo para aquel entonces un niño como cualquiera, juguetón, travieso y muchas cosas más. Pero como todos, haciéndonos un espacio y dándonos un lugar en el ambiente y círculo al que pertenecíamos.
Por aquellos días el grupo más frecuentado eran mis amigos de colegio. Pasaba la mayor parte de mi día con ellos en clases y después de las mismas también.
Niños buenos a decir verdad, traviesos pero buenos, los conocía de toda mi vida, ya venían desde mis inicios escolares y se podía decir que éramos amigos.

Entre los amigos nunca faltan las diferencias y con el pasar del tiempo se va marcando algunos rasgos en cada uno. Es ahí donde vamos viendo por ejemplo al líder y todos aquellos que lo siguen; al pelotero que todos los endiosan cada vez que se encuentra frente a un balón y por quien todos pelean para que sea parte de su equipo y así lograr el tan ansiado triunfo de 15 minutos que era lo que duraba el recreo; el académico quien comienza a destacar por sus excelentes notas, más que popular entre los amigos se vuelve referencial entre los papas quienes quieren que seas como él y el resto de niños ansían desaparecerlo; tienes luego al galán quien es por quien las niñas mueren y usualmente es pasajero ya que cada año con el ingreso de alguien nuevo  los intereses se van por aquel que se vuelve tan nuevo como enigmático; el silencioso y tímido quien por lo general se vuelve el lorna y no sé si sea el último pero a quien no debemos de dejar pasar por alto es al abusivo, aquel niño que por su corpulencia física o simplemente por el mal momento que vive en casa descarga su ira y violencia con quien encuentre a su paso.

Ya en inicios de año se había presentado un pequeño incidente.

-¡¡Pásamela, pásamela!!- eran mis gritos durante el recreo donde nos batíamos a duelo por adueñarnos del balón. La fricción en el futbol  es de esperarse, pero algo se salió fuera de control aquel día.

Alexander Suarez, un niño a quien conocí desde mis primeros años académicos, con aires de galán de telenovela venezolana, pelotero, inteligente, la verdad se podría decir un niño casi completo...sí, digo casi porque venía ya quebrado.
La mala relación entre sus padres y la violencia que presenciaba en casa lo llevaron a conflictuarse de tal manera que llegaba al colegio y ante cualquier punto de presión existente….reventaba.

Fue con él con quien sin temor a equivocarme tuve mi primera pelea.

Invierno del 89 en el patio del colegio disputábamos la champions de 15 minutos y todos buscaban ser los héroes del encuentro tratando de hacer aquel gol que nos lleve a la victoria y nos haga los mejores jugadores del efímero día.

Fue ahí cuando me empujaron de tal manera que ya iban más allá de una búsqueda por el posicionamiento del balón.
Mi reacción inmediata fue la de contestar de la misma manera, pero lo que jamás me espere fue el puñete que inmediatamente vino a mi reacción, un recto de derecha directo al ojo.
Al haber sido una agresión pública y durante la hora escolar pues citaron a sus padres.
Sin reacción alguna aquel golpe me desconcertó dando inicio a una cuenta pendiente.
Pasaron algunos meses después de aquel evento y nuestros encuentros futbolísticos de revancha también se comenzaron a concretar a la hora de salida en el parque que quedaba detrás de aquel colegio donde estudie toda una vida.
Con las mochilas como señal del arco dábamos rienda suelta a nuestro juego.
Ya en mí había algo que saldar aprovechando un momento de confusión, y he aquí que debo de reconocer que yo fui el incitador de la riña, busque saldar aquella situación.
Nunca había peleado antes y de peleas no sabía absolutamente nada, me estaba metiendo en camisa de once varas.
Entre empujones y jalones buscaba aproximarme siendo todos en aquel momento cómplices dejándonos así que arregláramos nuestros temas pendientes.
Cogí su camisa blanca de uniforme lo sujete con fuerza y tire de ella para acercarlo hacia mí y darle el certero puñetazo pero dentro de mi lado sano el ya venía preparado, mi querer aproximarlo para golpearlo no tuvo éxito,  venía con el brazo estirado y con puño preparado, ya iba de frente al ataque…recibiendo así el primer golpe.
Nuevamente contra ataque bajo el mismo sistema…error, de la misma forma recibí un segundo puñete. Aquel día fui su saco de box pero no quedo todo ahí, no solo gano la pelea sino busco ridiculizarme delante de mis amigos.
La palabras eran tan humillantes para mis 10 años y mi frustración fue tal que reaccione como menos lo espere,  con mis ojos inundados en lágrimas la impotencia se apodero de mí. Mis denodados esfuerzos por retener las lágrimas no funcionaron y llore de rabia, bronca y vergüenza.
Sí...no gane mi primera pelea, no salí triunfante de mi primer encuentro con los puños y en ese momento no solo sentí que había perdido mi primera batalla, si no mucho más que ello…mi orgullo un orgullo de niño.
Pasaba por ahí un viejo quien vio todo acercándoseme me dijo algunas ceceantes palabras que en ese momento no comprendí.
-¡¡¡La vida te da revanchas pequeño.!!!- mientras lo veía irse con paso presuroso y renqueante.
Sabias palabras…y nunca tan ciertas.