miércoles, 19 de octubre de 2011

LAS DOCE CAMPANADAS

Fue una noche común, nada trascendental, eso diría sí solo no hubiera ocurrido lo que a continuación pasaré a relatar.

-¡No!, ¿otra vez de turno? ¿Cuándo será el día en el que pueda dormir temprano?- quejoso yo mientras leía el rol de tareas y actividades publicadas en un pizarrón. Era el cuarto mes que me encontraba cerrando la vieja capilla que quedaba en el centro del pueblo.

Ser el responsable de cerrar las puertas de la capilla no era tarea complicada, pero si sacrificada. La capilla no cerraba a horas de costumbre, siempre cerrábamos pasada la media noche... al terminar las doce campanadas.

Cumplí con la rutina de siempre, ya había cerrado las puertas y ventanas, me encontraba apagando las últimas velas que aún se mantenían encendidas y habían sido puestas por aquellos fieles que en busca de un milagro, dejan a los pies de aquellas imágenes que rodeaban el altar.

La noche, recuerdo, no era de espanto, en algunas ocasiones era tan clara que podías ver las estrellas del cielo y hasta a veces sentías que podías tocarlas con sólo levantar las manos y estirar los dedos, pero en otras la neblina se volvía densa, no se llegaba a perder la visibilidad durante el camino, pero si era fría…uno sentía que te calaba hasta los huesos.

Soplando vela por vela veía casi culminada mi tarea, cuando de pronto escucho un ruido extraño al cual no le di mucha importancia continuando con mi rutina.
Nuevamente oí aquel ruido, pero este ya más descifrable.

-¡Herrmanoo..!.- la palabra fue silbante, difícil de entender y bastante forzosa.

Al voltear note a una mujer, cabello suelto, maquillada en extremo diría yo, de falda corta, llevaba en la mano un pequeño paquete envuelto. Pero no fue eso lo que llamó mi atención, era la posición de su mano sobre su cuello, como si tratara de tapar o cubrir algo. Fue mientras que la observaba en donde volvió a insistir.

-¡Herrmanitoo!- aún con aquella voz ceceante y con mucha dificultad para hablar, haciendo mucho esfuerzo para continuar. -Quiero que me confiese- yo la mire e inmediatamente le respondí.

-Disculpe, no soy cura- al menos aún no lo era -Pero puede venir mañana temprano y con gusto el párroco la atenderá.-

-¡NO!…tiene que ser hoy...es urgente... ¡CONFIESEME!- mientras decía eso yo miraba mi reloj y veía que eran las 12:45 PM volviéndome a repetir, Hoy nuevamente dormiré muy tarde, sin olvidarme que aún ahí se encontraba aquella extraña mujer.
Creía que era una de las tantas locas del pueblo que ocasionalmente aparecían por ahí.

-Lo siento- le dije -yo no soy cura, no puedo confesarla y además ya es hora de cerrar, por favor retírese.- Fui más directo y enérgico con las palabras en que me dirigí.
Veía angustia, necesidad de urgencia y constantemente miraba hacia atrás sin dejar de cubrirse el cuello.

-¡Por faavoorrr!- Volvió a insistir con aquella voz ceceante y ya irritante.

-Le dije que NO, y por favor RETIRESE- siendo aún más enérgico mientras me dirigía hacia las ultimas velas y antes de dar el soplido para apagarlas sentí la frialdad de su mano sujetar mi brazo.
Inmediatamente voltee y me dijo.

-Entonces, hágame un favor… un último favor… llévese esto…- deslizando en mi bolsillo aquel frio paquete al cual no le preste la mínima atención. Estaba concentrado en cerrar la capilla e irme de una vez.

-Permiso, estoy cerrando- Me di vuelta y de un fuerte soplido apague las ultimas velas encendidas.

Al mirar nuevamente hacia atrás no la vi más. Lo sucedido me tenía sin cuidado, sólo pensaba en irme a la cama y dormir.

De camino a la casa me dirigía con premura ya que sólo el pensar con el roce de mis sabanas hacia vislumbrar una ligera sonrisa con un pequeño gesto de placer.

-Buenas noches hermanito- eran las palabras del guardián de una de las viejas casas ubicadas en el pueblo. Aquel personaje lo conocíamos como el zángano.

-Buenas noches- tratando de ser lo más cortante posible con ligero movimiento de cabeza y extendiendo mi mano en señal de alto, respondía a su atento saludo.

Acercándose con rapidez haciendo caso omiso de mi evasiva, se dirigió a mí para comentarme lo ocurrido.

-No sé si ya se enteró del asesinato, acaba de ocurrir hace unas horas, hallaron el cuerpo de una mujer, dicen que era una dama de la noche- tratando de ser lo más respetuoso y delicado al referirse a la profesión más antigua del mundo.

-Pobre mujer- tratando de continuar con mi recorrido lo más rápido posible, de pronto dijo algo que atrajo mi atención.

-¡Sí!, pobre, la ahorcaron, tenía el cuello destrozado, fue realmente con mucha violencia la presión que hicieron ahí y bueno…el resto es historia- me detuve y en ese instante la imagen de aquella extraña mujer vino a mi mente.

-¿Capturaron al asesino?- fue mi pausada pregunta.

-Lo hallaron metros más adelante muerto, la doña lo apuñalo al tratar de defenderse, fíjese hasta de las mujeres hay que protegerse y ahora estos sucesos ya ni ocurren de madrugada, paso como a las 11 de la noche todo.- mi mente daba mil vueltas, mientras continuo diciendo.

-¿Y sabe hermanito que es lo más extraño de todo esto?…No encuentran la mano del asesino, al parecer en el forcejeo la doña lo mutilo.-

Mirando fijamente al informante, sentía un sudor helado resbalando por mi espalda…lleve lentamente mi mano sobre aquel deforme y frio paquete dejado en mi bolsillo.

-Hey vamos de pie, ya es hora de levantarse...¡TODOS AL AGUA!-

El grito de batalla y al ajetreo había hecho que despertará de aquel sueño, yo sudando y sintiendo la angustia aún dentro de mí note en frente mío aquella vieja y enorme ventana.
Desde ahí se podía divisar el mar… un inmenso mar y en medio de ella una peña con una vieja cruz en la cima… esto ya no era un sueño, era real, este mi nuevo hogar...La Bahía.