Con cuanta facilidad recordamos
aquello que nos hace sentir ganadores, poderosos, lo bueno siempre a flor de piel, es lo primero que surge en
nuestra mente, recordarlo trae con ello
una sonrisa en los labios.
Lo difícil es hablar sobre aquello
que también forma parte de nuestra vida, que marco y que lo tenemos ahí en lo más
oscuro y profundo de nuestra mente, nunca tan presente como aquellas
situaciones que nos hacen hinchar el pecho, sino que al recordarlas muchas
veces lo desinflan.
Tenía 10 años de edad, me
encontraba en 5to de primaria. Era yo para aquel entonces un niño como
cualquiera, juguetón, travieso y muchas cosas más. Pero como todos, haciéndonos
un espacio y dándonos un lugar en el ambiente y círculo al que pertenecíamos.
Por aquellos días el grupo más
frecuentado eran mis amigos de colegio. Pasaba la mayor parte de mi día con
ellos en clases y después de las mismas también.Niños buenos a decir verdad, traviesos pero buenos, los conocía de toda mi vida, ya venían desde mis inicios escolares y se podía decir que éramos amigos.
Entre los amigos nunca faltan las
diferencias y con el pasar del tiempo se va marcando algunos rasgos en cada
uno. Es ahí donde vamos viendo por ejemplo al líder y todos aquellos que lo
siguen; al pelotero que todos los endiosan cada vez que se encuentra frente a
un balón y por quien todos pelean para que sea parte de su equipo y así lograr
el tan ansiado triunfo de 15 minutos que era lo que duraba el recreo; el
académico quien comienza a destacar por sus excelentes notas, más que popular
entre los amigos se vuelve referencial entre los papas quienes quieren que seas
como él y el resto de niños ansían desaparecerlo; tienes luego al galán quien
es por quien las niñas mueren y usualmente es pasajero ya que cada año con el
ingreso de alguien nuevo los intereses
se van por aquel que se vuelve tan nuevo como enigmático; el silencioso y tímido
quien por lo general se vuelve el lorna y no sé si sea el último pero a quien no
debemos de dejar pasar por alto es al abusivo, aquel niño que por su
corpulencia física o simplemente por el mal momento que vive en casa descarga
su ira y violencia con quien encuentre a su paso.
Ya en inicios de año se había
presentado un pequeño incidente.
-¡¡Pásamela, pásamela!!- eran mis
gritos durante el recreo donde nos batíamos a duelo por adueñarnos del
balón. La fricción en el futbol es de
esperarse, pero algo se salió fuera de control aquel día.
Alexander Suarez, un niño a quien
conocí desde mis primeros años académicos, con aires de galán de telenovela
venezolana, pelotero, inteligente, la verdad se podría decir un niño casi
completo...sí, digo casi porque venía ya quebrado.
La mala relación entre sus padres
y la violencia que presenciaba en casa lo llevaron a conflictuarse de tal
manera que llegaba al colegio y ante cualquier punto de presión existente….reventaba.
Fue con él con quien sin temor a
equivocarme tuve mi primera pelea.
Invierno del 89 en el patio del colegio
disputábamos la champions de 15 minutos y todos buscaban ser los héroes del encuentro
tratando de hacer aquel gol que nos lleve a la victoria y nos haga los mejores
jugadores del efímero día.
Fue ahí cuando me empujaron de
tal manera que ya iban más allá de una búsqueda por el posicionamiento del
balón.
Mi reacción inmediata fue la de
contestar de la misma manera, pero lo que jamás me espere fue el puñete que
inmediatamente vino a mi reacción, un recto de derecha directo al ojo.
Al haber sido una agresión pública
y durante la hora escolar pues citaron a sus padres.
Sin reacción alguna aquel golpe
me desconcertó dando inicio a una cuenta pendiente.
Pasaron algunos meses después de
aquel evento y nuestros encuentros futbolísticos de revancha también se
comenzaron a concretar a la hora de salida en el parque que quedaba detrás de
aquel colegio donde estudie toda una vida.
Con las mochilas como señal del arco
dábamos rienda suelta a nuestro juego.
Ya en mí había algo que saldar
aprovechando un momento de confusión, y he aquí que debo de reconocer que yo
fui el incitador de la riña, busque saldar aquella situación.
Nunca había peleado antes y de
peleas no sabía absolutamente nada, me estaba metiendo en camisa de once varas.
Entre empujones y jalones buscaba
aproximarme siendo todos en aquel momento cómplices dejándonos así que arregláramos
nuestros temas pendientes.
Cogí su camisa blanca de uniforme
lo sujete con fuerza y tire de ella para acercarlo hacia mí y darle el certero
puñetazo pero dentro de mi lado sano el ya venía preparado, mi querer
aproximarlo para golpearlo no tuvo éxito, venía con el brazo estirado y con puño
preparado, ya iba de frente al ataque…recibiendo así el primer golpe.
Nuevamente contra ataque bajo el
mismo sistema…error, de la misma forma recibí un segundo puñete. Aquel día fui
su saco de box pero no quedo todo ahí, no solo gano la pelea sino busco
ridiculizarme delante de mis amigos.
La palabras eran tan humillantes
para mis 10 años y mi frustración fue tal que reaccione como menos lo espere, con mis ojos inundados en lágrimas la
impotencia se apodero de mí. Mis denodados esfuerzos por retener las lágrimas no
funcionaron y llore de rabia, bronca y vergüenza.
Sí...no gane mi primera pelea, no salí
triunfante de mi primer encuentro con los puños y en ese momento no solo sentí que
había perdido mi primera batalla, si no mucho más que ello…mi orgullo un
orgullo de niño.
Pasaba por ahí un viejo quien vio
todo acercándoseme me dijo algunas ceceantes palabras que en ese momento no comprendí.
-¡¡¡La vida te da revanchas
pequeño.!!!- mientras lo veía irse con paso presuroso y renqueante.
Sabias palabras…y nunca tan
ciertas.