-Te dejo, ya luego hablamos- cortante concluí con el
inesperado dialogo.
Fueron 20 minutos de conversación, el trajinar de los días y
las diversas preocupaciones hicieron que momentáneamente olvidará intentar
comunicarme con mi último vestigio de contacto con el mundo exterior. Así
fueron pasando los días.
No volví a oír comentario alguno de aquel que era mi amigo, mi consejero…mi guía en tiempos
de tribulación.
Se mantuvo distante después de aquella conversación en la
rivera, en ese momento se me vino a la mente aquel primer encuentro, día realmente complicado y que ya con pie
izquierdo se daba el inicio de una compleja,
extraña y breve amistad.
Era sábado, aproximadamente tres de la tarde, el calor
dificultaba la operación de mudanza. Vivía yo en aquel entonces en el muy tradicional
distrito de Jesús María; hacía ya casi un año que había salido de casa de mis
padres, envalentonado y muy seguro de mí, con la frente en alto di el salto e
iniciaba la aventura de mi vida.
Ya con todo listo para llegar a mi nuevo hogar e iniciar un
gran paso… vivir oficialmente con los miembros de la orden.
Presuroso tome un taxi, mientras subía miraba aquella vieja
casa que me acogió por casi un año, no era momento de nostalgias, dudo que algo más pudiese habitar en ese
momento en mí…una extraña emoción que podría ser miedo, alegría o angustia fluía
dentro de mi ser.
Llegando a mi destino con las maletas al pie de la casa toque el
timbre y durante unos 45 minutos esperé…
Al rato la puerta se abrió y salieron como ocho patas,
algunos de ellos conocidos, al menos de vista, gente joven, mis nuevos
compañero, mis futuros amigos y mi más reciente familia.
-Hola ¿y tú?- Me dijo un delgado muchacho rubio, asmático
él, bastante reservado. A su lado estaba el Cholo Alex, arequipeño, la contraparte
de su paisano, curioso, de comentarios ácidos, ojos vivaces y rasgos toscos.
-Hola, ¿esta Juan Pablo? hoy me mudo.- fue mi rápida respuesta.
-¡Claro, pasa!.– Tenía dos opciones, o creer que era la
comitiva de bienvenida o que a algún lugar iban.
- ¿Vas a ir a la reunión de hoy?- fue la rápida pregunta del
Flaco y larguirucho arequipeño, despejando así mi duda respondí.
-No lo sé.- Con ganas de salir corriendo con ellos y con
muchas expectativas, pero en ese momento mi prudencia pudo más.
Parado aún, sin saber a dónde moverme, quede de pie en el
umbral de la puerta de ingreso a la sala con una maleta y dos cajas, que en
aquel entonces era toda mi posesión.
Fue ahí que de pronto apareció el tipo más extraño del mundo,
con escopeta en mano y sin tener la más
mínima idea de quien era yo y que hacia ahí con aquellas cosas.
En silencio sepulcral se mantuvo unos minutos, cruzamos
miradas, solo era él y yo, como en el
lejano oeste, esperando ver pasar una bola de paja y quien lanzaba el primer tiro… en eso pregunto.
-¿y tú? ¿Qué vendes?- la calidez huyo en esos instantes, algo
desencajado escuche su pregunta...pero lamentablemente era yo, y en silencio no
me quedaría. La respuesta ya estaba en la punta de mi lengua la cual no pude
retener.
-¿Para tí? ¡Nada!-
mirando mis cajas respondí.
-Artículos del hogar y lencería solo martes y jueves- ver su
rostro desencajarse y dejando esbozar una forzada sonrisa dijo con palabras casi pegadas, entonadas y ceceantes.
-¿Mateo no?...tal cual te describieron… adelante.- Ya no
sabía si pasar o regresar por donde vine. A pesar de lo tenso e incómodo di el paso, cerrando tras de mí aquella enorme puerta
iniciando así el proceso de formación.
Fue así entonces, rápido,
abrupto, inesperado, incómodo y distante el primer encuentro…y así como inicio…así
mismo término.
Al final de nuestro dialogo en la rivera sur, aparte de
vociferar y putear, me dijo que me
avisaría cuando se llevaría a cabo mi solicitud de salida.
-Te informo, ¡yo te aviso cuando!- diciendo eso se fue.
Ya había dejado mi posición clara, pero ahora me tocaba
esperar...si, esperar a que me dijeran ellos que era lo que vendría, el cómo y cuándo.
Era un poco raro vivir en un lugar y sentirse ya un extraño,
mis rutinas dentro de la orden ya no eran las mismas y en esa situación pasaron
dos interminables meses.
Un día por la mañana después del clásico desayuno, el cual a
decir verdad era bastante contundente y muy justificado, me llamaron para decirme lo siguiente.
-Mateo, alistas hoy tus cosas, mañana temprano te vas.- así
de rápido y directo.
No había terminado de procesar la información, cuando de
pronto un golpe de realidad remeció mi ser,
fue ahí donde recién empecé a
comprender lo que se venía.
-¿Y ahora?...¿Qué hago?- Todo este tiempo de decisiones
entre quedarme o irme, de mantener firme mis convicciones o tratar de encontrar
razones para continuar o no, me llevaron a olvidar en el proyectarme del “que haría ahora con mi vida.”
En ese momento tenía que ser práctico, y esa practicidad
implicaba el pensar rápido. Tenía la imagen de mis viejos en mi cabeza, era
inevitable recordar mi salida de casa… airosa, con la frente en alto,
convencido que no regresaría, que a esa casa no volvería, al menos no a vivir;
pero ahora no me quedaba de otra, no había más remedio que regresar y tragarme
cada una de las palabras que hacía ya cuatro años había dicho…
-¿Cuatro años?…¡¡¡mierda!!!- dije.
Eran cuatro años que habían pasado, ya no era ningún
chibolo, definitivamente había madurado, la experiencia había servido de mucho pero
no veía con mucha claridad aún el que haría con toda esa experiencia y de cómo esta
me ayudaría.
Ahora me quedaba clarísimo lo que se me venía, nuevamente
era yo contra el mundo.
Aquel día me despedí de grandes amigos, y junto a mí también
se iba uno...el pequeño de la orden salía sin palmas ni pompas… pero feliz,
inexplicablemente feliz, felicidad que
llegue a comprender recién con el pasar de los años.
Luego de casi dos horas de trayecto llegue a casa, la casa
que me vio nacer, me vio ir y ahora me veía volver.
Ver mi vieja casa, ahora más silenciosa y estando todo
exactamente tal cual la deje. Ya dentro y frente a mí las viejas escaleras, las cuales miraba y pensando en todo momento
que iba a decir.
Mientras subía aquellas escaleras sentía las piernas muy
pesadas, cada escalón una sentencia, una agonía, un aprendizaje más, la verdad
que al terminar de subirlas me sentía sabio y el más huevón del mundo…maldito
orgullo.
Llegue al dormitorio principal y en el aún mi padre dormitaba.
Sentándome al pie de la cama me quede mirando al infinito.
Al darme cuenta mi padre en la misma posición haciendo
exactamente lo mismo que yo en silencio sepulcral leyó mi angustia.
Levantándose luego de unos minutos, sólo atino a tocarme el
hombro sin mirarme y se fue. Lo comprendió todo, lo sabía, ya había visto la
misma escena antes, con distintos personajes…déjà vu.