martes, 11 de octubre de 2016

UN OSCURO RECUERDO


Con cuanta facilidad recordamos aquello que nos hace sentir ganadores, poderosos, lo bueno siempre  a flor de piel, es lo primero que surge en nuestra mente, recordarlo  trae con ello una sonrisa en los labios.

Lo difícil es hablar sobre aquello que también forma parte de nuestra vida, que marco y que lo tenemos ahí en lo más oscuro y profundo de nuestra mente, nunca tan presente como aquellas situaciones que nos hacen hinchar el pecho, sino que al recordarlas muchas veces lo desinflan.

Tenía 10 años de edad, me encontraba en 5to de primaria. Era yo para aquel entonces un niño como cualquiera, juguetón, travieso y muchas cosas más. Pero como todos, haciéndonos un espacio y dándonos un lugar en el ambiente y círculo al que pertenecíamos.
Por aquellos días el grupo más frecuentado eran mis amigos de colegio. Pasaba la mayor parte de mi día con ellos en clases y después de las mismas también.
Niños buenos a decir verdad, traviesos pero buenos, los conocía de toda mi vida, ya venían desde mis inicios escolares y se podía decir que éramos amigos.

Entre los amigos nunca faltan las diferencias y con el pasar del tiempo se va marcando algunos rasgos en cada uno. Es ahí donde vamos viendo por ejemplo al líder y todos aquellos que lo siguen; al pelotero que todos los endiosan cada vez que se encuentra frente a un balón y por quien todos pelean para que sea parte de su equipo y así lograr el tan ansiado triunfo de 15 minutos que era lo que duraba el recreo; el académico quien comienza a destacar por sus excelentes notas, más que popular entre los amigos se vuelve referencial entre los papas quienes quieren que seas como él y el resto de niños ansían desaparecerlo; tienes luego al galán quien es por quien las niñas mueren y usualmente es pasajero ya que cada año con el ingreso de alguien nuevo  los intereses se van por aquel que se vuelve tan nuevo como enigmático; el silencioso y tímido quien por lo general se vuelve el lorna y no sé si sea el último pero a quien no debemos de dejar pasar por alto es al abusivo, aquel niño que por su corpulencia física o simplemente por el mal momento que vive en casa descarga su ira y violencia con quien encuentre a su paso.

Ya en inicios de año se había presentado un pequeño incidente.

-¡¡Pásamela, pásamela!!- eran mis gritos durante el recreo donde nos batíamos a duelo por adueñarnos del balón. La fricción en el futbol  es de esperarse, pero algo se salió fuera de control aquel día.

Alexander Suarez, un niño a quien conocí desde mis primeros años académicos, con aires de galán de telenovela venezolana, pelotero, inteligente, la verdad se podría decir un niño casi completo...sí, digo casi porque venía ya quebrado.
La mala relación entre sus padres y la violencia que presenciaba en casa lo llevaron a conflictuarse de tal manera que llegaba al colegio y ante cualquier punto de presión existente….reventaba.

Fue con él con quien sin temor a equivocarme tuve mi primera pelea.

Invierno del 89 en el patio del colegio disputábamos la champions de 15 minutos y todos buscaban ser los héroes del encuentro tratando de hacer aquel gol que nos lleve a la victoria y nos haga los mejores jugadores del efímero día.

Fue ahí cuando me empujaron de tal manera que ya iban más allá de una búsqueda por el posicionamiento del balón.
Mi reacción inmediata fue la de contestar de la misma manera, pero lo que jamás me espere fue el puñete que inmediatamente vino a mi reacción, un recto de derecha directo al ojo.
Al haber sido una agresión pública y durante la hora escolar pues citaron a sus padres.
Sin reacción alguna aquel golpe me desconcertó dando inicio a una cuenta pendiente.
Pasaron algunos meses después de aquel evento y nuestros encuentros futbolísticos de revancha también se comenzaron a concretar a la hora de salida en el parque que quedaba detrás de aquel colegio donde estudie toda una vida.
Con las mochilas como señal del arco dábamos rienda suelta a nuestro juego.
Ya en mí había algo que saldar aprovechando un momento de confusión, y he aquí que debo de reconocer que yo fui el incitador de la riña, busque saldar aquella situación.
Nunca había peleado antes y de peleas no sabía absolutamente nada, me estaba metiendo en camisa de once varas.
Entre empujones y jalones buscaba aproximarme siendo todos en aquel momento cómplices dejándonos así que arregláramos nuestros temas pendientes.
Cogí su camisa blanca de uniforme lo sujete con fuerza y tire de ella para acercarlo hacia mí y darle el certero puñetazo pero dentro de mi lado sano el ya venía preparado, mi querer aproximarlo para golpearlo no tuvo éxito,  venía con el brazo estirado y con puño preparado, ya iba de frente al ataque…recibiendo así el primer golpe.
Nuevamente contra ataque bajo el mismo sistema…error, de la misma forma recibí un segundo puñete. Aquel día fui su saco de box pero no quedo todo ahí, no solo gano la pelea sino busco ridiculizarme delante de mis amigos.
La palabras eran tan humillantes para mis 10 años y mi frustración fue tal que reaccione como menos lo espere,  con mis ojos inundados en lágrimas la impotencia se apodero de mí. Mis denodados esfuerzos por retener las lágrimas no funcionaron y llore de rabia, bronca y vergüenza.
Sí...no gane mi primera pelea, no salí triunfante de mi primer encuentro con los puños y en ese momento no solo sentí que había perdido mi primera batalla, si no mucho más que ello…mi orgullo un orgullo de niño.
Pasaba por ahí un viejo quien vio todo acercándoseme me dijo algunas ceceantes palabras que en ese momento no comprendí.
-¡¡¡La vida te da revanchas pequeño.!!!- mientras lo veía irse con paso presuroso y renqueante.
Sabias palabras…y nunca tan ciertas.

 

lunes, 8 de agosto de 2016

EL PRIMER BESO (II)

No solo el sol había calentado las cosas ese año, aquella niña altero las hormonas de cuadras a la redonda y gracias a una sencilla respuesta que dio frente a la interrogante que le hacían los chicos que la pretendían termine volviéndome en el enemigo público, el niño más buscado y el más envidiado.
Sufrí acorralamientos, secuestros de bandas de niños donde me confrontaban con la niña más deseada forzándome a preguntarle a que elija entre algún niño o yo, retos de peleas por su amor.  Niña, que a decir verdad,  con quien nunca cruce palabra alguna y que lo más cerca que la tuve fue cuando se daban esos sucesos…pero ella firme en sus respuesta… respuestas, que a decir verdad, no me favorecían en lo absoluto  pero que me dejaba como su primera opción. Orgullo interno, satisfacción, ego, pero angustia notoria porque sabía que aquellos pirañas me iban a reventar tarde o temprano.

Veías parados en la puerta de su casa a niños desde las 9 de la mañana hasta las 11 o 12 de la noche, no quería ni salir a comprar, realmente un suplicio el que viví por aquellos días, pero contrariamente fueron los más espectaculares…así de confundido estuve y por suerte mía el verano dura tan sólo tres meses.
No voy a mentir, en cada tentativa de pelea, veía a mí alrededor para ver con quien contaba y conmigo andaba cada moco verde a mi lado, uno más monse que el otro....eso tenía como mi fuerza de choque.
Gracias al adiestramiento de mi hermano mayor, el cual también era más sano y recontra pacifista me dio un consejo que a decir verdad evito, al menos esa temporada, una golpiza de padre y señor mío.
-¡Sí no puedes contra ellos, úneteles!- fue lo que me dijo mientras continuaba.
- No seas huevon, hazte su pata, vuélvete uno de ellos.- En otras palabras mi hermano me pedía que me mimetizará, que sea uno más del montón, que siguiera las ordenes a raja tabla de su gran líder a quien le decían… el Flaquis.
Víctor Hugo, o más conocido como Flaquis, era el popular chico problema, algo mayor que yo, delgado y alto para aquel entonces. Nunca lo vi pelear a decir verdad, pero era el bocón del grupo, el manejaba a toda una sarta de entre desadaptados y mongos que quieren dárselas de vivos, un total de catorce niños de diversas edades.
Aquella noche pensé y pensé, entendía lo que me decía mi hermano Esteban, no siempre estaría él para defenderme, que a pesar de no ser unos de los pendejos del barrio, su edad, mayor que yo por tres años y su porte, porque era medio prensado y se vislumbraba como el toro de la familia, pero a mi pobre hermano le agarro la helada y su temprano desarrollo lo llevo a ser tan sólo…El pequeño duende.
Evaluaba las situaciones y contaba con tres opciones: La primera de ellas el enfrentarme, pelear por mi honor pero que terminaría en vergüenza. La segunda opción muy enfocada a la propuesta de mi hermano, el ser uno de los mongos, porque para desadaptado me faltaba muchísimo y para mongo digamos que estaba sobre calificado.  La tercera y última opción, el no volver a salir más, que era la más difícil de todas, porque la verdad…quería continuar sintiendo esa revolución de emociones.
No aplique ninguna de ellas, hábilmente me volví un artista, pasaba del quedar en ridículo a tener la pose de galán indiferente. Mientras rodeado de ellos forzado a hacer preguntas que a cualquiera le venía la tartamudez y una gran mancha de humedad entre los pantalones, yo con toda la correa del mundo, con mi popular sonrisita cachoza, que creo surgió a raíz de esa situación, con total soltura y desparpajo pasaba de interrogador a un – “Vamos chiquita, elige, o él o yo.”- versión chacota, juguetona, coqueta, indiferente, casual, free.
Y fue así en donde sin ser parte de ellos, fui del séquito de muchachos “con opciones” a lograr más que una ligera atención con aquella niña.
Fin del verano, a punto de iniciar clases y este terminaba sin golpes ni rasguños. Era un sábado, día caluroso, brillaba el sol, recuerdo la ligera brisa en mi rostro cuando un grupo de muchachos, entre ellos la prima mayor de aquella niña que tendría unos 17 años llamada Tamara, me llamo y me llevo al parque. Todos a mi alrededor eran de tres años de edad a más que la mía, algo sorprendido y sin entender lo que sucedía me sentaron en un banca de un parque, la cual tenía a su lado un gran árbol el cual daba una linda sombra. En ese momento mi imaginación de niño empezó a volar…

AQUELLA CASA EN EL ÁRBOL

 

Sueño con una casa en un árbol,
tan pequeña pero bella,
en donde tú por las mañanas
muy alegre despiertas,
y por las noches
muy temprano te acuestas.
 
El sol brilla...
que hermoso resplandor.
Un tenue rayo de luz,
pasa por aquellas espesas ramas
llegando a entrar por una pequeña ventana,
iluminando el interior,
llegando yo a verte mejor,
como a una princesa
tán bella, tán radiante,
tán engreida, tán orgullosa pero muy tierna.

 
Al llegar la noche
un trueno rompe el silencio,
y el relámpago ilumina el cielo,
...debes de estar asustada.
La dura lluvia cae arreciante,
dando ligeros golpecitos en tú pequeña casa.

 
En ese momento
quisiera abrazarte,
...pero no puedo,
quisiera abrigarte,
...pero no te encuentro,
quisiera no mojarme,
...pero lo estoy haciendo,
pues estoy abajo...
 
Al pie de tú casa del árbol.

 
De pronto vuelvo a la realidad y noto que traían a la linda niña, que solo ternura despertaba en mí.
Tamara le pregunta a su prima. –¿Es él?- ella tímidamente responde.
-Sí, es él.- su respuesta y actitud corporal era el de una niña, si bien es cierto no era yo un viejo pero sí dos años mayor que ella,  para mi había una gran diferencia…me sentía un violador.
Los chicos grandes miraban, llegaron los de mi generación también y miraban más, me pedían que la bese, que cumpla con la iniciación. Ella quería su beso pero no me lo daría, yo no quería estar ahí,  por mi cabeza ni me cruzaba la idea de tocarla, pero ahí  fue donde descubrí el valor de una reputación frente al resto, habian expectativas que cubrir, pero eran expectativas ajenas y no propias.
Mi pose de canchero iba perdiendo fuerza al pasar el tiempo y juro, la verdad que se los juro, que el cielo se puso gris, el sol dejo de brillar, empecé a sentir no una brisa si no un ventarrón y mi actitud de niño volvió, no estaba listo aún…quería en ese momento solo mi vaso de leche.
Aburridos todo y cansados de mi poca acción le dieron dinamismo con una cuantas palabras.
-¡Ya, se dan el beso o les doy un cachetadón!- Fueron las tiernas palabras que ambos recibimos y como por arte de magia juntamos nuestros labios.
Después del beso todos mis amigos corrieron a preguntarme que sentí, respuesta que no di pero que en mi cabeza la tenía…nada, no se sintió absolutamente nada.
Aquel día descubrí algo más, primero la importancia de no saltar etapas ni hacer las cosas por presión de grupo, para que puedas disfrutar realmente de algo que si desees y lo segundo que debes cepillarte los dientes, porque por más linda que sea la chica, el sentir y descubrir lo que almorzó ese día no es nada agradable, mata pasión total…mi primer beso con sabor a guiso de pollo.

 

domingo, 6 de marzo de 2016

EL PRIMER BESO (I)


El primer beso, recordarlo puede llevarnos a lugares especiales, robarnos una sonrisa, suspiros, emociones que despiertan la simpleza del primer y más puro de los sentimientos. La edad de la inocencia empieza a partir llegando las tan esperadas y necesarias vivencias que todos tenemos que alcanzar por el orden natural de la vida…si el primer beso…pero que para mí fue el inicio de una pesadilla.
Verano del 89, el calor  en su máximo esplendor, las tan ansiadas vacaciones llegaron, con tiempo de sobra para tan solo hacer nada, sin límites para levantarse ni para acostarse, tiempos en que los parámetros no existen…eso lo diría cualquier niño de la época, cualquiera menos nosotros. Mi madre una mujer muy preocupada por sus hijos, pues ocupaba nuestros tiempos muertos en toda clase de talleres  para mantenernos ocupados,  Karate, natación, pintura, dibujo, pero ese año algo ocurrió.
Ya había oído algunas críticas de sus hermanas.
-Ya déjalos tranquilos, que se entretengan. ¡¡Que disfruten de sus vacaciones!!.- eran las opiniones de mis tías quienes reunidas en sus clásicos domingos debatían sobre las consecuencias de los excesos extracurriculares vs autonomía pistera.
Ese único año mi madre hizo la prueba y nos dejo libres, el primer verano sin verlo de pasada o por la ventana. Fue un año distinto, lo que esperamos en mucho tiempo, poder compartir con amigos…como niños normales.
Me encantaba estar en la calle, como a cualquier niño, la diversión con los amigos de la cuadra era vital, por aquellos tiempos la calle era el lugar ideal para dejar descargar las energías, no habían miedos ni desconfianzas, era el momento para que nuestros padres descansen sin bullicios y tengan su espacio de paz.
Mientras que nosotros hacíamos, planeábamos, inventábamos todo lo que se nos ocurriese. Al no haber tantos lugares de entretenimiento como los que hay ahora, pues generaba que todos los niños se juntasen y vean que mejor pueden hacer y como la pueden pasar. En verano las migraciones empiezan en los barrios, el primo, luego el amigo del amigo y así van apareciendo seres extraños que pasan a formar parte del entorno amical, ampliando la diversión...pero también arrastrando consigo nuevos problemas.
Fue así que conocí a Sandro, un muchacho de tez oscura, de agradable trato, pelotero y tranquilo, pero dentro de todas sus cosas con aires de galán.
En mi cuadra no habían ningún malandrín, todos éramos niños “de casa”, chicos sanos e inocentes, nos conocíamos todos de pequeños y éramos como familia.
En verano como les dije, todos migran, algunos se van y otros vienen, ese verano vino a pocas casas de la mía una sarta de chicas que alboroto la cuadra y alrededores. Sandro, uno de los golondrinos, pues se aventuro a dar inicio a los primeros diálogos con aquellas niñas.
La estrategia que no podía fallar, pasar en bicicleta una y otra vez delante de ellas, haciendo toda clase de piruetas, Sandro perdía plata…el circo era lo suyo.
Con una BMX sacaba a relucir y explotar todo lo que podía con ella, en cambio mis amigos y yo teníamos unos injertos de vergüenza.
 Jorge, el cabezón, con cintas y bolines de colores entre los rayos y con un escandaloso asiento de piel de conejo, llegando a niveles desconocidos en el cholometro, Fernando, alias rambito por su afición a vestirse con ropa de camuflaje, con una bici que después de montarla tenias que ir en busca de la antitetánica, mi hermano Bernardo, con lo más moderno de la tecnología rusa, una bici desarmable que se la había traído una tía nuestra y bueno yo… con la bici que había heredado, la más enana de todas, de tipo contra pedal y para hacerla decente mi papa le había puesto un timón tipo Harley.
Efectivamente la treta de Sandro había dado resultado, logro el objetivo pero poco o nada duro la emoción, llegaban de otra cuadra unos tipos que en realidad tenían la misma edad que nosotros, pero notoriamente con mas calle y físicamente más desarrollados, aquí hago un alto para hacer un reclamo público; vieja que me dabas de comer??...era una vergüenza.
A pesar de ello, en ese verano me puse de moda, a la niña más bonita del grupo le gustaba, no lo podía creer, pero tampoco sabía qué hacer.
Era todo muy confuso, la sensación de sentirte único y especial, frente a la timidez de querer ocultarte y no pasar nunca más por esa parte de la calle, a la vez con la necesidad imperativa de querer seguir siendo observado. Sentimientos confusos que no me permitían actuar con normalidad.
Habían muchos niños detrás de aquella linda niña, aún recuerdo su nombre… Zulay. De ojos saltones,  tez blanca, cabello castaño pero que a sus cortos 9 años los tintes ya formaban parte de su look, ropa ceñida, trajes diminutos, no muy apropiados para una niña de su edad, pero que dudo alguien de mi grupo criticase en ese momento.
Organizaba fiestas a las cuales me invitaba pero no iba, mis padres cerraban las puertas a más tardar  10 de la noche y a esa hora recién iniciaba la reunión. A parte veías a un buen número de chicos detrás de ella, lo cual hacia que con mayor razón me distancie más.
Mi cuadra era conocida porque era un barrio gitano, haba crecido con muchos de ellos, buenas personas, agradables, pero como en cualquier grupo humano encontraras de todo.
Eran las 10 de la mañana cuando tocaron mi timbre, Salí por la ventana preguntando quien era y aparecieron dos gitanos, a los cuales solo los identificaba de vista uno de 15 o 16 años y otro aproximadamente de mi edad, 10 años para ser exactos.
-¿Esta Mateo?  ¿Tú eres Mateo??- preguntaron, a lo cual muy ingenuamente respondí que si…error.
- ¡Mira concha tu madre, si te veo cerca de Zulay te saco la mierda!!- fue la atropellada respuesta de aquel gitano llamado Burtia, quien en ese instante buscaba desaparecerme de la faz de la tierra.
Sujetando con fuerza el marco de la mi ventana teniendo en frente a  unos totales extraños, delincuentes en ese momento para mi,  que amenazaban con reventarme daba por iniciado a un extraño verano peculiar y que definitivamente no olvidaría.

domingo, 3 de enero de 2016

CUANDO LA HISTORIA SE REPITE


Eran inicios de los noventa aún con el boom del rock y lo emergente del pop, tiempo de cambios, la crisis en Perú agudizaba, veníamos de épocas turbulentas a nivel económico como país y se buscaba la tan ansiada estabilidad.
Para un adolescente, que vive prendido de sus sueños egoístas y necesidades inmediatas,  este tipo de situaciones eran nada.

Esteban, mi hermano mayor,  acaba de terminar la secundaria, su anhelo, ser Cura,  la vida religiosa había plagado su mente y su ser, realmente no sé si fue una vocación naciente o muy dirigida por mi madre.
Recientemente vinculado a un grupo religioso, "EL CIRCULO",  reafirmaba su deseo por alcanzar los altares, decisión que vitalizaba a mi madre pero que indisponía a mi padre.

La relación entre mi padre y Esteban nunca fue de las mejores,  su dureza y dominancia hacia que muchas veces Esteban termine marcando distancia llevándolo a alinear filas con mi madre.
Era sábado, media mañana, mis padres estaban en casa cuando de pronto vemos llegar a un Esteban eufórico.

-¡Ingrese!...¡Ingrese!!!- era el bullicio en casa, Esteban venía con la gran novedad, ya rapado por los amigos, antigua tradición que se daba con aquellos que entraban por primera vez a la universidad; mi madre corriendo lo abrazo.
No comprendía aún la importancia de ello, a mis trece años la universidad estaba muy alejada de mis intereses personales, es más, no formaba parte de lo que yo quería, pero no era eso lo que llamaba mi atención, era la actitud de mi padre.

Sentado, silente, inmóvil. No entendía que le que ocurría, ¿si todo era alegría y emoción desbordante porque él no estaba igual?.
De pronto ocurrió… y lo que vi no lo espere menos de aquella gran muralla sólida de roca, percepción que siempre tuve de mi padre, él solo atinó a cogerse el rostro y lloró.

Nunca había visto llorar a mi padre, lloró de alegría, de emoción, de orgullo...pero principalmente de realización.
Fue la única vez que vi a mi padre proyectarse en mi hermano mayor.

No pasó mucho tiempo y Esteban partió a nuevos lares, a buscar su realización, a alcanzar su objetivo principal pero aquel desenlace fue muy distinto al que todos esperábamos.
Mis padres le dieron luz verde a su salida, pero no previeron ¿A dónde?, ¿a qué?, ¿con quién?.

Eran tiempos de convulsión, el terrorismo en lima y alojado en las zonas más pobres en donde tenían mayor presencia y a su vez, zona a donde Esteban fue destinado. Imprudencia, locura, indiferencia, desconocimiento, términos que utilizaría para solo entender dicha situación.
Mi hermano quien solo atinaba a decir:  –¡Todo por la misión!- …Esteban el  futuro mártir.
Sé que estando ahí dentro se exigió, dio todo lo que tenía que dar y más, fui testigo presencial de ello, mis visitas eran frecuentes a aquel recóndito y pujante lugar.

Sus prioridades quizás no fueron bien enfocadas, le falto aquella cuota de experiencia que sólo la vida puede darte. Sí, mi hermano mayor no tenía mucha calle, calle que hubiera ayudado  a entender algunas cosas. Un mal acompañamiento y ubicado en un lugar no muy adecuado para su trabajo formativo, en manos inexpertas, con poca claridad del que hacían ahí en “LA CASA DE LOS DOCE”, que fue así como la denomine, y sólo apelando a un criterio que entre jóvenes no mayores de 19 años puedan brindar como aporte.
Pasaron dos años, en el mismo lugar, bajo el mismo abandono, desinterés por parte de aquellos que debieron velar por su desarrollo y acompañamiento. Esteban tan humano como cualquiera se canso de esperar su turno, el llamado, la invitación de ser parte de una elite a la cual nunca fue invitado. Sí…”LA ORDEN”.

Finales del 96, época complicada, Bernardo y yo terminábamos la secundaria. Llegando del colegio vimos a un Esteban sentado en la mesa con mis padres, mi madre con el corazón partido y mi padre con la mirada perdida,  habían terminado de oír la decisión tomada.
Yo ya sabía lo que ocurría, tan sólo hace unos días había recibido una llamada que me dejo muy alegre y emocionado. Esteban regresaría a casa, fue él mismo quien me lo dijo. Lo que no sabía hasta ese día era lo que ello implicaba.
Lo oi subir por las escaleras, con la pata en alto entro a su ex cuarto, el cual yo ocupaba desde su salida, viéndome echado en mi cama me miro y dijo:

-¡Ya mierda, sal de mi cuarto!, ¡te llevas todas tus cosas que tengo que meter las mías!.- no entendía el porqué de su actitud, pero su fastidio y bronca era muy notorio, era otro, la amargura en él era muy notoria.

Nunca respondí, realmente me agarro frio. Hice lo que tenía que hacer, regrese a mi viejo cuarto no sin antes dejar mis grafitis… todo lo que no pude decir se lo deje escrito en puerta y paredes.
Pero no era su retorno la única noticia, informaba que había sido triqueado en la universidad, situación que atormento a mi padre y por otro lado que su corazón ya tenía dueña, estocada final que recibió mi madre y que no pudo superar en mucho tiempo.

-¡Hay que tener huevos para llegar a casa así.!- pensamiento que masticaba mientras arrastraba mi colchón a mi viejo cuarto.

...recordando aquel momento en el que la historia de Estaban se unía en conjunto con la mía.

Volviendo a mi realidad, me interne en mi habitación, con la mente en blanco, sin saber por dónde comenzar y echado nuevamente en mi cama…justo donde mis cuestionamientos comenzaron y me llevaron lejos.
De pronto con agilidad inmediata me senté al borde de la cama y recordé aquella última llamada que había hecho.
Cogí mi casaca y salí en busca de la única persona, que en ese momento era mi único rastro de un pasado existente y que sentía debía unir para lograr sentirme cuerdo.