-Paciencia. –
Me decía, aún no era el momento, mientras
veía la enorme pared blanca de la habitación.
La Paciencia…aquella
virtud aún no forjada en mí y que contradictoriamente requería con tanta
premura en ese momento.
Ya Carlitos Chihuan
había cerrado el dialogo, quedando con sensaciones encontradas. Una de
ellas sentir una desazón profunda, en ese momento esperaba ser yo el auxiliado y de pronto, en tan solo unos segundos, me
volvía cómplice de su propia traición.
Con más
motivación al entender en ese momento
que no era un incomprendido, un extraño, ahora me sentía normal…ya no era un
marciano en la Bahía.
Lo que
ahora se venía requeriría de la cabeza más fría y claridad absoluta para tomar
el camino correcto.
Las cosas no venían siendo sencillas y al
parecer el tema no era solo conmigo.
Internamente veía como se iban dando reuniones secretistas, diálogos privados, el
misterio de los susurros, pequeños grupos, que por las noches se formaban en la
sala de estudio, pequeñas concentraciones, aumentando en frecuencia y sin necesidad de convocatoria o publicaciones, reuniones que no
eran otras que de aquellos que hablaban sobre lo que no se debía…El posible
retiro de la Bahía.
Aparentemente esto sería un tema tonto y hasta diríamos
algo clásico o irrelevante, pero como en cualquier lugar o grupo existen temas
habituales de conversación, pero así también existen temas que no se deben
tocar…o al menos deben ser cortados de raíz sin dar pie a explayarse e
inclusive de persistir utilizar toda herramienta que permita derribar cualquier
argumento que vaya en contra o que diste
dentro de lo que realmente se busca como objetivo de grupo, esa era la consigna
asumida. Además dichos diálogos sólo se debían llevar a cabo con aquella
persona asignada que acompaña tu proceso, para que no se pierda “objetividad”
decían, pero para mí el reducir posibles salidas masivas.
Mis ideas
e intenciones de retirarme de la bahía, no estaban centradas solo a un espacio
físico, era alejarme de la orden para volver a ser un ciudadano de a pie, pero dar
ese paso me resultaba difícil; a pesar de todo me sentía cómodo, los amigos,
las vivencias, los logros obtenidos, las experiencias…bastaba dar una mirada
atrás para darme cuenta que ya era un trecho bastante largo el recorrido.
Las
experiencias ya vividas con mi hermano mayor, Esteban, hacía que en más de una
oportunidad replanteara mis opciones…bueno a decir verdad, no es que tuviera
muchas, las que tenía se basaban en dos...el
quedarme o el alistar maletas e iniciar mi vida de cero, reiniciar, afrontar al
mundo real y decirle…“aquí estoy y no te temo”….volver a escribir todo de
nuevo.
El solo
hecho de tomar el camino equivocado me llevaba a dudar o cuestionar una de mis
opciones, como a cualquiera, ya que es el destino de tu vida…tu felicidad.
A todas
esas sensaciones podría agruparlas y perfectamente encajarían en una sola
palabra al cual podríamos llamarlo Miedo...
EL MIEDO
¿Quién no ha sentido miedo alguna vez?
Sobre el se ha dicho mucho y no me refiero sólo a películas de terror,
monstruos o a experiencias extrasensoriales...también existen otros acontecimientos casi o más
terroríficos que ocupan nuestra mente, nuestra vida y que muchas veces se
incrustan en nuestro corazón.
El miedo, inherente al ser humano, sentimiento y creencia que nos acompaña
desde el primer momento que abrimos los ojos hasta el último día que los
cerramos para no abrirlos más.
El miedo, mecanismo de defensa que nos aleja de aquello que nos puede hacer
daño y nos permite mantenernos vivos...instinto de supervivencia algunos lo
llaman.
El miedo, que no sólo tiene parte emocional si no que también cuenta con un
lado racional aspecto predominante que dependerá netamente de quien lo lleve.
Existen, viendo líneas arribas, más de una razón para comprender al miedo y
dejarlo de mirar con desdén. El miedo nos puede alejar de aquello que tanto
anhelamos, como también llevar por mejores rumbos….eso nunca se sabrá a ciencia
cierta, sólo el tiempo lo dirá.
Todos deseamos que
nuestras vidas sean más fáciles de lo que realmente son, pero en ese momento
sentía que mi vida se había vuelto una pizarra de estrategias, mirándola y remirándola
tratando de encontrar en que momento un niño de 05 años se había apoderado del
plumón y adicionando líneas y trazos,
que sentía no propios y que llevaban a preguntarme.
-carajo, ¿En qué
momento ocurrió todo esto?- pregunta reiterativa cada vez que hacia una
retrospectiva.
Aquella
tarde no paraba de pensar en lo que debería hacer, cual rumiante le daba
vueltas y vueltas para descubrir de qué ángulo podía ver con mayor claridad, al
final era una decisión vital y que marcaría el fin de algo y un nuevo comienzo.
La verdad
era que trataba de encontrar más razones para quedarme, las que veía eran muy
buenas…pero no suficientes a mi entender.
-Hey ¿qué
haces?- Era Juan Pablo, amigo reciente, hermano mayor dentro de la bahía y
responsable de mi acompañamiento.
-No te
olvides que hoy debemos hablar, me buscas- Con la convicción en los ojos pero
con cierta angustia respondí.
-¡Claro!
de todas maneras, hoy hablamos- sin saber que mi vida cambiaría después de
aquella noche.
Eran
aproximadamente las 8:45PM, acabamos de cenar y poniéndose innovador, Juan
Pablo, me dice.
-Vamos a
caminar, conversemos fuera, ayudará a nuestra digestión.-
En el
trayecto inicial el silencio imperaba entre ambos, la neblina, una noche
cerrada y el viento cortante no ayudaba a que me relajará. Era invierno, uno
muy crudo a decir verdad, buscando una respuesta preguntó.
-¿Y? ¿Qué
has decidido?-
Meses
atrás ya habíamos tocado el mismo tema, pidiéndole postergar unas semanas nuestro
dialogo para tenerla más clara, accediendo a mi solicitud. Ahora el tiempo ya
había culminado, ya habían pasado más de tres meses, era el momento de
decisiones.
Esa noche
hable, y dije mis experiencias lo bueno
y lo malo, aquello que me gustaba y me desagradaba, hable mucho, pero
principalmente…hable con libertad.
Me
explaye y como conclusión final después de argumentar muy bien termine
diciendo.
-..y
bueno, esas son mis razones, creo que mi
estadía en la Bahía ya no tiene sentido.- Concluyendo mi dialogo y esperando lo
que me diría por respuesta.
Ni bien
termine de hablar se detuvo, se dio media vuelta y se fue sin decirme palabra
alguna, al menos eso parecía, a una distancia de 10 metros se detuvo y dijo.
-No es
que estar en la Bahía no sea lo tuyo, ¡Estar aquí es para lo que estas hecho!.-
la convicción de sus palabras me hicieron dudar de todo lo que expuse, sentía
en ese momento que me conocía mucho más que yo mismo. –¿Eso era posible?- me
preguntaba.
Hasta ahí
solo un dialogo, pero concluyo su frase con lo que menos espere oír.
-¡Tú te
vas por Cobarde!, y no porque no sea tu lugar- terminó su frase y se fue.
Me quede
solo esa noche, parado en el lugar en que se cerró nuestro dialogo, sin
claridad, sin más luces, mas confundido que en un inicio y en ese momento sabía
que no tenía a nadie dentro de la Bahía con quien hablar, todo se volvió gris y
pasado unos minutos la bronca se apodero de mi.
Presuroso
corrí hasta el muelle, era casi medianoche, me quite la ropa y con tan solo un
bóxer me tire al mar…nadé esa noche, nade como nunca, sin miedo pero con
fuerza, llegue a la peña, la toque por última vez, sin saberlo aún, regrese y
con rapidez salí del mar.
Mientras caminaba
por el muelle volteé y mire al viejo mar, oscuro y luminoso. El cielo se había
despejado y nunca vi el momento, la luna y su brillo me señalaban como si fuera
una senda el cómo llegar a la vieja peña. Parado y cangándome de frio me fui
sin saber que esa sería la última vez que nadaría en la Bahía, quedando aún
pendiente mi despedida de aquel que me dio casi una mortal bienvenida…
A la
mañana siguiente, aún confundido y sin mucha claridad trataba de encontrar un
punto de vista neutral, uno que me ayude a entender o a tomar una decisión
final, algo que ayude a o equilibrar la balanza o terminar de llevarla hacia un
lado.
Eran ya
casi las dos te la tarde, la hora favorita de todos en la bahía, la hora de la
siesta.
-¡No!,
hoy me toca guardia- decía Miguel, un brasilero bastante noble y lleno de talento,
ingenioso y hábil, medio artista y un gran amigo en quien pude confiar en más
de una oportunidad.
-Yo me hago
cargo, ve a dormir- cual niño con la cara de felicidad dejo presuroso aquel
enorme radio de aquel entonces y me quede solo.
La
guardia, momento predilecto para aquellos que buscan una oportunidad para
escapar de la bahía. Momento en donde nadie está atento ni vigilante de lo que
pueda ocurrir, tan solo aquel que como
único responsable vela por la seguridad y atiende las posibles llamadas
suscitadas entre dichas horas.
Mientras
todos dormían, yo estaba parado en la terraza, con el equipo en la mano,
caminando de un lugar a otro pensando en que era lo que debía de hacer.
Ya había
hablado con muchos en la bahía, buenos consejos, buenos amigos, pero lo que requería
era una visión distinta, de alguien que no estuviera inmerso, alguien de fuera,
¿pero quién?
¿Mis
amigos?…de ellos sólo quedaban recuerdos, no había nadie cerca, no contaba si
quiera con algo para comunicarnos, en aquel entonces el medio de comunicarnos
eran los clásicos silbidos, o las piedritas en las ventas. Ahora que
lo pienso, ¿¿Porque tirar piedritas a la ventana, silbar y no utilizar el
timbre??...El neandertal que llevamos dentro.
No había
pasado ni cinco minutos cuando ya me veía con el auricular entre las manos y el
clásico sonido de marcación.
-¿Alo?-…fue
lo que oí, era una suave y dulce voz, voz que movía más de un recuerdo en mí,
que me hizo estremecer…mis manos sudaban…los vellos de mis brazos se
erizaron…sentía que mi corazón iba a salirse de mi pecho…en ese momento iba a
colgar y de nuevo oí.
-¿Alo?- saliendo
de mis labios aquel nombre que no pronunciaba ya hacía mucho…
-….¿Sandra?…soy
yo…Mateo. –