viernes, 29 de noviembre de 2013
EN BUSQUEDA DE MI PROPIO NORTE
Entre botes, bollas, piedras y erizos muy temprano por la mañana iniciábamos las actividades físicas.
Cada braceada una esperanza, un logro, un esfuerzo, un ofrecimiento… eso te lo diría cualquiera y hasta quizás yo en los primeros meses, pero ahora sólo era una frase la que retumbaba en mi cabeza.
-¿Que mierda hago acá?- frase que se volvía retorica cada amanecer durante los últimos meses de mi estadía en la bahía, sintiendo a esta ya una rutina sin sentido.
Eran más de tres años desde que me había vinculado a “la Orden”…tres años desde aquel día en que inicie mi compromiso formal con “La Carta”. Había dejado mis estudios, mi trabajo, mi novia, la casa de mis padres, mis amigos… si ellos mi último bastión.
Recuerdo mucho el último encuentro casual que tuvimos en un muy conocido centro comercial.
-Que tal muchachos, ¿cómo están?- era imposible poder ocultar mi emoción de volverlos a ver.
-¡¡Huevón!! ¿Qué te paso?- una abundante y desordenada barba impactaba de manera notoria a quienes venían siendo mis casi hermanos, amigos de adolescencia.
Antes de mi distanciamiento, ellos, amigos contemporáneos en edad, con los mismos objetivos, inquietudes, haciéndonos promesas de mantener un estrecho laso siempre, promesas de jóvenes…pero promesa al fin.
-¿Te volviste fumón o hippie?- me decía Piero, un morocho, inteligente, hábil para todo aquello que se lo propusiera, competitivo, un buen pata en sí, pero sin ataduras con nada ni nadie, era él y sólo él, el mundo contra él, él contra el mundo y así vivo siempre.
-¡¡Tas como Jesucristo maricón!!- tratando de no burlarse, pero también extrañado me miraba Ricardo, primo de Piero. Ricardo, todo un personaje, Juguetón, atrevido, despreocupado por todo, con aires de galán, osado con fémina que se cruzara en su camino, siendo una de sus características más saltantes su solidaridad de grupo.
Aquella noche, sentados ellos frente a mí, me oían hablar sobre lo que vivía en ese momento, por ratos desencajados, por momentos irónicos, burlones, pero su silencio y algunos gestos delataban su incredulidad frente a lo que era mi vida en aquel entonces.
Había dicho mucho, me explayaba con la mayor naturalidad y despreocupación, siempre apasionado al decir las cosas, poniéndole énfasis a cada aspecto que decía, pero pasado un buen rato de monólogo llego la pregunta que esperaba tarde o temprano.
-A ver dime y no me mientas… ¿a que no te dan ganas de levantarte una flaca?- mientras terminaba Piero su pregunta una gran sonrisa salía de Ricardo, sabía lo que buscaban, sabia a donde querían llegar, buscaban acorralarme…cual fiera a su presa.
-¡¡Si me dices que no tas cagao, porque no te la creo!!.- Enfatizando Ricardo. Era la pregunta frívola pero real, inquietud de cualquier persona, de cualquier joven, de cualquier amigo, pero ellos no eran cualquiera, eran casi mis hermanos y me conocían a la perfección.
Mi respuesta fue un sermón, dando todo tipo de explicaciones…las biológicas, humanas y sobrehumanas, totalmente razonables, entendibles y respetable, pero nunca asumidas ni aceptadas por ellos.
Yo era todo lo que habían conocido hasta ese momento, el loco, el pelotero, el pendejo, el bronquero. Negados a querer ver lo que realmente en esencia era, la parte desconocida, mi lado más humano, mi lado idealista, mi descubrimiento más reciente…mi lado bueno.
Después de aquella charla no cuestionaron más el camino que había decidido emprender, con un fuerte abrazo me despedí de ellos. Mientras me alejaba sabía que probablemente no los volvería a ver, que quizás mi amistad se perdería, cada uno tomaría un rumbo distinto, ya no sería parte del grupo, sabía que ya nada sería lo mismo. Volteando a verlos con ligera nostalgia fui cerrando aquella etapa pendiente antes de llegar a la bahía.
-¡¡Vamos ya todos fuera, a cambiarse!!- era el llamado a dar por concluida nuestro inicio de jornada.
Mientras llegaba al muelle, esperando el mejor momento para salir sin ser embestido por las olas, apresuro con dos braceadas llegar a las enormes piedras que colocadas unas sobre otras formaban el gran rompeolas ubicado en las bahía, con gran destreza y rápidos movimientos, casi todos salíamos del mar. La permanente humedad y las bajadas de marea hacia que el verde musgo se aferre a las pesadas piedras. De poner el pie o mano en el lugar equivocado hacia la diferencia entre una salida airosa o un revolcón en el mejor de los casos.
Durante todo ese día no paraba de pensar. Trataba de ordenar mis ideas, pero por más que lo intentaba todo me empujaba a lo mismo, las cosas habían cambiado, ya no se trataba de realización, estaba inmerso en una suerte de competencia o quizás siendo más precisos en un tema de resistencia…sí eso…resistencia, supervivencia, la lucha eterna dentro de la bahía de quien hacía más o quien era mejor. Mi ímpetu había cambiado, lo notaba, mis ideales seguían siendo los mismos, pero la decepción había inundado mi mente, perturbado mi corazón y distorsionado mi horizonte, mi pertenencia a la orden estaba dejando de ser lo que en un inicio motivo con mucha fuerza mi incorporación…ahora todo pendía de un hilo.
Con el afán de reordenar mis ideas, apaciguar mis dudas y enrolarme nuevamente dentro de las filas de la orden, se me asigno rotase por casi todas las casas para así lograr un roce mucho más cercano con cada uno de los que vivían en la bahía y puedan reforzar mi permanencia. Conocí a gente, cada uno de ellos con las mismas aspiraciones, pero así como yo, ellos también tenían sus propias inquietudes, dudas y miedos.
Fue un día soleado, llegábamos todos sudorosos, después de 35 minutos de una ardua carrera por alrededores de la bahía y no faltaba mucho para la hora de almuerzo.
-¡¡Puta madre tengo que apurarme!!- era mi aliento mental para cumplir con el objetivo a tiempo.
Todo en la bahía se media por tiempos, todo giraba mucho en cumplir lo que se asignará a la brevedad posible, lo mejor posible...esa era la tarea...esa era nuestra consigna.
La hora límite pisaba mis talones, pero creo que no era sólo eso, atrás mío venia Carlitos Chihuan.
Carlitos Chihuan, un típico chalaco, alto, inocentón, de buen trato, uno de los de mayor edad dentro de la bahía uno de los tantos que había dejado entre mucho y poco o algo y nada, todos nos encontrábamos dentro o quizás arañando alguna de esas categorías.
-¡¡Corre Carlitos!! ¡¡Corre que no la hacemos!!- era mi grito ya asfixiado y hasta resignado frente a la demora.
Él, tan cansado como todos pero kilómetros más atrás que el resto, trataba de retomar el ritmo. Como consecuencia aquel día no almorzamos, pero a cambio de ello un dialogo revelador afloro.
-Te tengo que contar una cosa viejo- le decía a Carlitos, mientras lo hacía me preparaba para lo que era posiblemente la más grande de mis revelaciones y el dialogo más tabú que podía existir dentro de la Orden.
-Creo que esto de estar en la bahía no es lo mío, estoy pensando en salir- él me oía atentamente, cada razón que daba la escuchaba muy atento, en ningún momento intervino, ni se opuso, ni siquiera intento hacerme cambiar de parecer... cosa extraña.
Mientras hablábamos, ambos sentados en el suelo, apoyados en la pared mirando a la nada, atento oía, con silencio acogía mis palabras e imagine que profundizaba en cada aspecto que para mí eran razones. De pronto deje de hablar y el silencio invadió el lugar, mire a Carlitos, esperando la típica respuesta que contradiga lo expuesto.
-Mira compare- empezó diciendo.
-Todas las razones que me acabas de dar me quedan más que claras, es mas también creo lo mismo que tú- en ese momento, no me quedaba claro si sentirme reconfortado por sus palabras o un cojudo incompetente por no encajar en la bahía.
Con mirada gacha oía lo que se venía, que no dudaba que serían las palabras sinceras de un hermano en busca de clarificar lo que en ese momento era oscuridad para mí…pero eso nunca llego, ya que no espere escuchar lo que me dijo a continuación.
-Estoy convencido que estar en la bahía tampoco es lo mío- levante cabeza, lo quede mirando fijamente y preste atención a cada una de sus palabras, no tan asombrado pero si algo confundido. El que se quería ir era yo, ahora éramos dos... y no estaba invitado.
Mientras trataba de entender continuo diciendo.
-De eso estoy más que seguro, me cago de miedo de sólo pensar en salir de aquí, deje mucho y en mi caso, lo único que me queda es seguir adelante.- con esas últimas palabras, que sólo fueron de resignación, con palmadita en mi hombro se levantó y se fue.
Miedos, que como sombra descubrí aquel día, cubría cual manto el andar de no pocos dentro de la bahía, cada uno menos intensos que otros, menos relevantes o hasta el punto de llegar a decir insignificantes, pero miedo es miedo al fin.
Aquel día abrí mis ojos a toda una realidad y le daba vueltas a la única palabra que había calado en mí de esa conversación…El Miedo.
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interesante
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