Tenía doce años, estudiaba en un colegio particular religioso, uno muy tradicional, toda mi vida, bueno hasta ese entonces, para mí, doce años era toda una vida.
Mi madre una mujer muy devota, católica en extremo, su gran sueño…tener un hijo cura… sueño casi cumplido por mi hermano mayor que desistió de la vocación religiosa por el amor…el amor de su vida creo yo, quien ahora es su esposa.
Esto fue una estocada para ella porque esperaba que su única esperanza de corrección y virtud sin igual, así lo percibía mi madre, era el candidato ideal para aquel llamado tan especial…al menos eso creía.
La relación entre mi madre y yo nunca fue muy buena, ella sobreprotectora a morir, mujer exigente, poco condescendiente, sin muestras de afecto notable, pero dedicada a sus hijos y a su vida familiar. Siempre creí, y sin temor a equivocarme, que ahí se perdió una gran vocación... mi madre una monja en potencia.
Por otro lado mi padre un hombre inteligente, cariñoso, juguetón, muy creativo, estricto en cuanto a normas se refería, temperamental, de ideas claras, algo terco y obstinado pero siempre un gran padre.
En una familia no existe la perfección… de tres hermanos hombres, tenía que ser yo el del medio, el hijo sándwich, el rebelde, la oveja negra, como me llamaban en aquella época.
En mi afán de ser distinto a mis hermanos, buscaba ser bueno en algo que ellos no destacaran tanto, ello me empujo a ser mucho más independiente del resto.
Mis hermanos, brillantes estudiantes, siempre ocupando los primeros puestos, mi madre orgullosa, yo en cambio, no buscaba complacerla, ese era mi fin último. Por mi parte buscaba destacar en los deportes, específicamente en los deporte de contacto, fue ahí cuando descubrí mi pasión por las luchas y mi potencial de chapulín colorado, defensor de los oprimidos y de mis hermanos.
Por aquel entonces Esteban, nombre de mi hermano mayor, participaba en todo evento juvenil católico que se le pusiera en frente, ya con cierta inclinación por la vida religiosa, pero sin un grupo de orientación hasta ese momento en concreto, llego a parar a un evento para colegios católicos, fue ahí donde se vinculó a un grupo denominado “El circulo”.
“El Circulo” un grupo católico fuera de lo común para aquella época, conformado por jóvenes con visiones innovadoras, cuestionadores existenciales, que compartían un ideal en común. Fue ahí donde conocí a una variedad de personajes, muy buenos tipos ellos en su mayoría.
Mi vida en aquellos tiempos giraba en torno a las pichangas en la pista de mi cuadra, el karate, dibujos en la tele y el béisbol de los sábados. De pronto todo cambio, Esteban nos lleva para integrarnos y participar de aquellas reuniones que una vez por semana se daban en un local no muy lejos de mi casa. Mi primo Juan, el más palomilla y suspicaz de todos, siempre con sus comentarios nos dijo alertándonos.
-Muchachos, ¿creo que nos quieren hacer el apostolado?- estaba en lo cierto, porque no pasaron más de dos semanas y ya estábamos ahí dentro con ellos.
Ya habían pasado dos años desde aquel primer encuentro con “El circulo”, vinculados y asiduos participantes, yo, inmerso en medio de ellos.
Mi permanencia con ellos tenía dos motivaciones, la primera de ellas, me gustaba estar ahí, aprendía y me integraba con facilidad a su estilo muy particular con el cual yo me identificaba de forma muy marcada y la última, creo la más importante, mi hermano Esteban.
Esteban ya había abandonado el nido, fue a vivir con unos amigos para profundizar los aspectos de su vocación, con la bendición de mi madre y la indiferencia de mi padre…se fue.
Yo en cambio no me mostraba de acuerdo con aquella opción, mi hermano mayor, se había ido y de pronto note algo…realmente lo extrañaba.
Nunca me había dado cuenta que tan importante era para mí el tenerlo cerca, nunca fuimos los mejores amigos, pero era mi modelo a seguir, y que yo recuerde hizo su trabajo como hermano mayor, me pego, me protegió un par de veces cuando era pequeño y me encontraba en notoria desventaja, me decía donde, que tipo de ropa y marca me debía comprar, la música que tenía que escuchar…en fin era su deber …era “El mayor”.
Recuerdo claramente las reuniones familiares en la casa de la abuela en donde se reunían todos mis tíos y primos mayores.
-Y tío, ¿Que fue de Esteban?, ¿De verdad que se va hacer cura?- era la pregunta insidiosa de uno de mis tantos primos.
-No sé, no me importa, en mariconadas no me meto- era la respuesta de mi padre, yo al lado asentaba con la cabeza, incomodo por la situación que mi hermano vivía en aquella época y apoyando la opinión de un padre temperamental, conservador y negado a la posibilidad que su hijo no sea como él quería, como él esperaba, en realidad creo que lo que le jodía era que mi hermano no sea como “él”, el vivo, el mosca…el pendejo.
-Y tú primo, ¿no te vayas a meter en esa vaina?- lo decía mientras me metía un ligero lapo en la cabeza.
-ESTAS HUEVÓN?, YO, NI CAGANDO, ¡¡esa vaina es para rosquetes, no para mí!!- la risa se apodero del lugar, mi postura reacia hacía elevar la testosterona en aquel ambiente, era como estar en una cueva, vestidos con pieles, alrededor del fuego …éramos unos neandertales.
...nunca escupas al cielo....