Habían pasado dos años sin saber nada o casi nada de aquel grupo juvenil, que por aquellos días ya no recordaba.
Contar lo transcurrido de esos dos años pues no estaría demás, me centraré en lo más saltante.
Mi vida relajada y liberal tuvo un límite, dure un año en “La Escuela”, mi madre enterada de lo sucedido, de mi entorno y mis nuevas amistades, pues decidió, en contra de la voluntad de mi viejo, regresarnos al inquisidor colegio religioso, nosotros, con las malas mañas ya aprendidas fuimos a dar cátedra de relajo y protesta contra la intransigente política escolar con que se manejaban los profesores, me gane un respeto y mi hermano menor se gano la reputación de protegido, era su sombra ante los problemas y conflictos tanto con compañeros como con profesores.
De aquella época podría hablar de dos situaciones que llamaría como saltantes, la primera de ellas sería la de mi relación con Fabiola.
Ella, chica un grado mayor, a comparación mía, delgada, alta, bastante alegre, de pocas palabras, tímida en aquel entonces, de actitudes liberales, dependiente e influenciable por su grupo de amigas, a quienes también recurría para alcanzar sus objetivos. Ella interesada en mi, busco la ayuda de sus inseparables para estar conmigo.
El popular corralito dio resultado, yo, pensando que nada pendería, me dejé llevar.
Me enrede con ella, no me parecía fea, todo lo contrario, pero no me sentía enganchado, todo fue muy rápido y la indiferencia en la relación se apodero de mi con el pasar de los días. Lo nuestro no tenía ni pies ni cabeza, por ello se decidió dar un paso al costado, pero me quede con la espina, a decir verdad ambos, que pasado unos meses nos volvió a juntar.
En una reunión a la cual no fui, Fabiola, quien era mi enamorada, cayo en brazos de aquel que le brindaba toda su atención, ella no me lo contó en aquel momento, pero me enteré, como dice el dicho… “pueblo chico, infierno grande”.
Yo, con el orgullo herido, porque todo el colegio lo supo y hablaban al respecto, fui a solucionar aquel lió a mi estilo.
Bajando las escaleras del colegio a toda marcha iba en busca de aquel que osó meterse en mi territorio. Con tan solo la razón nublada y toda una carga reprimida fui a buscarlo, de pronto me sujetaron fuerte los hombros y a punta de gritos para que yo vuelva en si oía.
-¡¡CARAJO HUEVÓN, PIENSA!!… QUIEN ESTUVO CONTIGO, ¿ÉL O ELLA? ¿QUIEN TE DEBÍA RESPETO?- era Bernardo, sus sabias palabras me hicieron pensar, volviendo mi ser animal en uno racional, me detuve lo observe, dentro de mi quería hacerlo, quería limpiar mi imagen, mantenerla en alto, sanear mi orgullo… pero no era la forma.
No dije palabra alguna, fui en busca de Fabiola para zanjar todo de una vez.
-Sorry chola, nadie me agarra de huevón, terminamos- ella me miro y dijo.
-Ok- ¿ok? me dije, ¿ok?, bueno actué como debía e hice lo que tenía que hacer.
Mi revancha la haría meses mas tarde, en una actividad del colegio cuando yo en medio del patio y todos alrededor en las gradas vieron como me acerque a aquel que cogió lo que no era suyo, con lapo en la mejilla, un abrazo fraterno y susurrándole palabras al oído me alejé, era el cambio de mando, acto público, acto que nunca lo olvido Fabiola, el colegio y palabras que tampoco olvidaría aquel muchachito.
El otro acontecimiento ocurrió de forma muy inesperada, yo, parado en el balcón de mi colegio, observaba lo que ocurría mientras este duraba, conversando con Martha, un bella chica de ojos marrones claros, lindas pecas y contagiante sonrisa... me encantaba, pero por solicitud de mi propio hermano, para que le dejara el camino libre a su mejor amigo di un paso al costado con ella…mala decisión, pero el tiempo da sus revanchas.
Algo distraído yo en aquel instante con Martha no me permitió ver el como ocurrió, solo vi un tumulto a lo lejos, cuando de pronto observo a Bernardo en posición de lucha, cuadrado, con los puños arriba dando ligeros movimientos de costado, por otro lado el chino, un compañero de clases, arremete contra mi hermano…no vi mas…un impulso me llevo a correr hasta donde se encontraba, no vi que había sucedido, no sabia porque estaban peleando, de entre todos me abrí paso y arremetí contra el agresor, sentía como mil manos me sujetaban, tratando de detenerme, el chino intentaba escapar, pero yo no lo dejaría ir.
En aquel momento vi como Bernardo aprovechando la confusión arremetía contra su temporal rival y yo totalmente descontrolado sujetaba al chino para reventarlo.
Luego de separarnos Bernardo voltea y gritando dijo:
-¡¡ME TIENES HUEVÓN!!, ¡¡DÉJAME EN PAZ!!, yo sólo puedo arreglar mis problemas, ¿QUIEN MIERDA TE LLAMO?- yo silente lo observaba, no dije palabra alguna, el chino asustado, se alejaba con un grupo, Bernardo echando chispas y rodeado de sus amigos se fue, yo a un lado, sólo, me dije -Tiene razón, no debí meterme- miré a mi alrededor, aún la gente me observaba y se alejaba, tenía todo el derecho de molestarse, pero eso no evitaría el que siga cuidando de él, era mi hermano…el menor.
Finalizamos la etapa escolar, tiempos duros los de aquel entonces, económicamente mi familia ya no era la de antes, no nos encontrábamos en una buena situación, Bernardo y yo acabamos de terminar el colegio y de pronto una llamada no mejoraría el panorama.
-¿Alo?- pregunte, era Esteban quien muy brevemente me dijo.
-Oe, regreso a casa-