martes, 9 de febrero de 2010

“LA ESCUELA” …EL DESPERTAR DEL MONGO

En aquel entonces acababan de cambiarme de colegio, me encontraba en tercero de secundaría, mi salida de aquella institución religiosa y tradicional fue decisión de mi padre, recuerdo perfectamente aquella mañana.
-¿QUE PASO? ¿PORQUE ESTAN EN LA CASA Y NO EN EL COLEGIO?- era la pregunta de mi viejo totalmente sorprendido de vernos en la casa en horario de clases.
-No nos dejaron entrar- fue la respuesta nerviosa de Bernardo, mi hermano menor.
-dicen porque no firmaste el cuaderno de control- fue la continuación que di a la respuesta de mi hermano.

Vi como a mi viejo le salía fuego de los ojos, estoy casi seguro que quien lo atendió cuando fue a reclamar tal hecho, que para mi padre fue indignante, no le fue nada bien. Finalizamos el año y tramitó nuestra salida, después de toda una historia familiar en aquella institución, nos íbamos.

Pasamos a un colegio de poca monta, un colegio particular de aquellos que aparecen y son la salvación para los repitentes, expulsados por mala conducta o bajo rendimiento académico, un colegio al cual denominé como “La Escuela”.
Recuerdo perfectamente el primer día de clases.

-A ver alumno, de que colegio viene- decía el profesor
-La Recoleta- respondia un flaco alto pelucón que juro tenía 17 años.
-Usted alumno, de que colegio- volvía a preguntar.
- La Salle profesor- y así sucesivamente iban desfilando nombres de colegios con cierto prestigio, hasta que de pronto.
-Usted alumno, de que colegio viene- pregunto nuevamente a un chico algo callado y reservado.
-Del 1176 profesor- respondió nuestro queridísimo amigo Tulio que nunca se olvidará de nosotros y que se cambio de colegio ni bien pudo.
-No seas huevón, di el nombre de tu colegio…no la dirección- fue el comentario nada discreto de un pequeño amigo venido de la inmaculada fanático de la mecánica, algo rebelde pero un buen tipo.
Después de aquel comentario todo el mundo rompió el silencio sepulcral, yo, anonadado, esperaba la expulsión frente a tal osadía.
Respondiendo en aquel momento la máxima autoridad.
-¡¡Alumnos!!.. por favor, ¡¡¡No se rían tan fuerte!!!- sólo eso, aquel día descubrí que no había limites... mi cole era una selva.

Literalmente en “La Escuela” aprendí, no me puedo quejar, ahora la pregunta es ¿Qué fue lo que aprendí?...aprendí cosas de la vida diría yo, cosas que uno aprende solo en una institución de tipo correccional, fue un lugar desafiante, un lugar donde nadie se conocía, donde todos buscaban ganarse un respeto, no podías darte el lujo de ser el huevón y si lo eras morías o quedabas como lorna por el resto de tus días escolares o de los que uno podía durar ahí dentro.

Esto fue un mundo nuevo para mí, dejaba las sotanas y las reglas de mi ex colegio religioso, para ponerme los jeans y aplicar la viveza, liderazgo, las peleas, el desenfreno en su máxima expresión a esa etapa yo la llamé “El despertar del mongo”.

Ahora, en este nuevo entorno, tenía un problema, no estaba sólo, tenía a Bernardo al lado, un problema al cuadrado.
Bernardo, mi hermano menor, el benjamín de la casa, tipo reservado con sus cosas, con aspiraciones a líder de su generación, inteligente, hábil con el balón, desconfiado, nunca aparentó la edad que tenía siempre se le vio menor, indiferente ante lo que sucedía alrededor suyo, el tipo más ahorrador del mundo, de contextura bastante delgada, cabello ondulado y negro, de ligeros arrebatos, siendo lo más salvaje en él un corte en el rostro a la altura del pómulo que se lo hizo cuando tenía 2 años en un descuido de mis padres.

Nunca he sido de expresar afecto por mis hermanos, todo quedaba en mí, pero se lo manifestaba a mi estilo muy particular, los cuidaba, los protegía, esa era mi chamba, esa era mi misión con ellos, el estar ahí para cuando me necesiten.
Ya de por si iba a ser difícil ganarse el respeto en “La Escuela” pero el velar por mi hermano lo iba a complicar un poco y más si tienes un hermano como Bernardo, un imán para los problemas.

No era torpe socialmente, me integraba con facilidad, no aparentaba la edad que tenía, siempre se me veía mayor, en “La Escuela” interactuábamos todos, pero las jerarquías estaban notoriamente marcadas, “los vivos”, “los lornas” y “los demás”.
El consumo de alcohol, las drogas eran muy común en ese entorno, algunos iban con carro otros con moto, tranzas de todo tipo y manejo de dinero,por un momento me sentía en otro mundo, me parecía increíble lo que veía, realmente ahí uno encontraba de todo, mis compañeros unos futuros mafiosos.


Mi proceso de humanización se dio un receso, yo ya había decidido dar un paso al costado con la gente de “El Circulo”, en una de mis últimas salidas con ellos fue que conocí a dos personajes, cada uno con su sello de distinción, uno, un gordito colorado cuyo nombre era Alberto pero a quien de cariño le decía “El Pibe” por su pasión por el futbol argentino, hincha del boca a muerte, de actitud relajada y con el lenguaje más florido que pude conocer hasta ese momento. El otro un tipo más refinado pero mano larga que se llamaba Pablo, cuyo apellido me hacia recordar al creador de el Chavo del ocho, un tipo amable y podríamos decir hasta afectuoso, ordenado en extremo, quisquilloso al punto de casi casi ser una señora, hábil para leer y entender el alma quebrada de las personas, ambos miembros de “La Orden”.

-Hola, Alberto que te trae por aquí- dijo el Pibe mientras se encontraba en una salita alrededor de un grupo de muchachos de quien él estaba a cargo, a ese grupo lo denomine “Todas las Sangres” por la pluralidad racial.

-Bueno quiero que conozcas a alguien- cogiendo su llavero el cual conformado por alrededor de 20 llaves que abrirían las llaves del cielo y hasta del infierno imagino, las lanzo contra mi espalda. Yo con un gesto de dolor y arrebato lo miraba fastidiado.

-Vamos preséntate pues, ahora te chupas ¿no?, no que eres el valiente, el bacán, vamos di…¿cómo te llamas?? Preséntate… se gente- fueron sus palabras insistentes y retadoras, quería que me presente, quería que explotará, quería que lo mandará a la mierda…si eso…mandarlo a la mierda delante de todos ellos, pero me contuve.

-Vamos, muchacho, di ¿Cómo te llamas?-