martes, 23 de marzo de 2010

EL HIJO DEL COMANDANTE

Con mil ideas en la cabeza y sin querer resignarme, trataba de encontrar alguna estrategia para poder lograr mi cometido y así realizar lo que más anhelaba…aún no quería tirar la toalla con mi opción.

Mi padre, sí, el tipo más afectuoso cuando de buen humor se encontraba y el más duro y directo cuando había que decir las cosas, bueno él no las decía las vomitaba, me había bajado de mi nube, ya me había dicho que no ante mi deseo y única opción en aquel momento de desarrollo profesional.

Durante dos días no dormí, daba vueltas en mi cama, preocupado por lo que sería de mi vida…mi futuro.
Mi padre quería ya romper la dependencia económica entre nosotros y él, al ver mi insistencia y mi mala cara por la negativa obtenida, me propuso lo que para mí era el escape ante una situación y creyendo que yo era cualquier ingenuo me lanzó la propuesta más tonta oída en toda mi vida.

Por aquella época estaba ya tramitando mi Boleta militar, las largas colas para pasar las diversas etapas para lo que era primero la adquisición de dicho documento y luego el canje por las boleta rosada o blanca.
Si te tocaba la rosada a rezarle a todos los santos o buscar entre la familia alguna vara que te ayude, si te tocaba la blanca respirabas tranquilo y continuabas tu vida normal procediendo con el último tramite que era el canje de la libreta militar.

Con un grupo de más de mil jóvenes, yo en la fila de una interminable cola en el callao, me tocaba saber cuál era mi suerte, parado frente a aquel Soldado, el cual me miro y dijo.
-A ver que tenemos aquí- mirando la boleta que me entregaría.
-Uy, bienvenido, creo que nos vamos a ver más seguido…¡¡PERRO!!- alcanzándome la boleta rosada, sí aquella en donde tienes que regresar para el famosísimo examen médico y luego del mismo ser parte de lo que en aquella época era el Servicio Militar Obligatorio.
-¿perro?- Sabía lo que significaba en el lenguaje militar, pero aquel enano prieto no me insultaría y se iría sin ningún comentario o acto mío, lo mire y mientras me acercaba cada vez más a la ventanilla, le hablaba casi susurrándole, para que otros no oyeran.
-Mira concha tu madre, ¿ves a aquel comandante parado por allá?- señalando yo a un oficial que divisaba a lo lejos.
-Ese es mi viejo, ¿Quieres que lo llame?… ahora dime quien es el…¡¡PERRO!!- aquel soldado se puso blanco, habían miles de oficiales alrededor y cada uno con su ahijado, no podía dudar de mi comentario, porque eso era algo común en aquel entonces, me la jugué y logré mi cometido.
Me entregó inmediatamente mi boleta que no había cambiado de color y seguía siendo rosada.
En posición de firmes, mordiendose la lengua y con una mirada que mataría a cualquiera dejé a aquel pequeño y faltoso soldadito quien por el rabillo del ojo me seguía con la mirada.

Ya en casa, hago el comentario sobre mi enorme preocupación.
-Me dieron la boleta rosada, tengo que pasar el examen médico- mientras todos en el comedor me observaban, mis hermanos algo alarmados, yo con expectativas continuaba con el diálogo iniciado.
-yo sé que si voy a hacerlo me quedo dentro- mi viejo me miró y dijo.
-Pero fácil pues hijo, ¿no quieres ser de la Marina? entras a hacer tu servicio militar y luego te reenganchas.-

El reenganche… la ilusión de todo frustrado militar ya sea por temas intelectuales o económicos, que es realizable pero sólo a nivel técnico y de tercera.
Después de ese comentario me di cuenta que no podía poner en las manos de nadie mi destino, era yo mismo quien tenía que moverse y buscar opciones.
Encontrándome en estado de omiso por no asistir al examen médico y por consecuencia indocumentado, tuve que tramitar por lo bajo mis papeles, sí, nunca fui a dar aquel examen y arreglar ese tema resulto carísimo.

Ya desde algunos años el Judo se había convertido en una de mis pasiones. A este deporte le dedicaba toda mi atención y esfuerzo, pero ya no disponía del tiempo…acababa de ingresar.
Presionado porque tenía que definir mí futuro, término postulando con los ojos cerrados a Administración empezando una nueva etapa en mi vida. Al realizar los trámites de matrícula y ver mi horario veía que no faltaría mucho para dejar de lado aquel deporte.

De esta etapa podría mencionar mi último torneo, el metropolitano, era el verano del 97, en categoría libre me había ido muy bien, estaba en semifinales y me tocó luchar con un niño de 15 años, al verlo ya me sentía en la final, él, con mayor experiencia dentro del ámbito de torneos y de cinturones más avanzados que yo, lo cual no me preocupaba, me sentia confiado, seguro…quizás lo subestime.
No fue la pelea de mayor técnica observada, el niño inteligente y hábil atinó solo a evitarme y defenderse, la pelea duro un poco más del promedio normal, pero mi exigencia se triplicaba porque sentía que estaba en la obligación de ganar por ser mayor que él.
La lógica rompía una vez más mis esquemas, mi estilo de vida no era en aquella época el más adecuado, mis salidas nocturnas y las juergas pues comenzaban a pasar factura.
Mis esfuerzos y desgaste de energía fueron insuficientes…me ganó.
Yo sin aliento…tirado en el suelo, no podía más y me declaré vencido.

Fue un niño de quince años quien me ganó, fue la pelea en donde no ganó ni la técnica, ni la fuerza…ganó LA ASTUCIA.