Un día en casa revolviendo mis cosas vi una caja, encontré en ella miles de objetos pero hubo uno en especial que me hizo retroceder en el tiempo con nostalgia tremenda… un pequeño muñeco roto.
Era la navidad del 87, por aquellas épocas ya se respiraba el profundo pero grato olor a pólvora quemada, indudable señal de vísperas de Navidad.
En casa, recuerdo muy bien, todo era un loquerio. Mi madre cocinaba, mi padre preparaba su famosísimo relleno para el pavo, mientras que nosotros ordenábamos nuestros cuartos.
Esteban y yo, nos escapábamos para salir y jugar con nuestros amigos de la cuadra antes que nos lleven a misa, Bernardo temeroso en casa no quería salir, aunque se moría de las ganas, sí, Bernardo, el Benjamín de nuestro hogar, le temía a los ruidosos cohetes, así es, durante varios años Bernardo no paso de la famosa pero ridícula chispita mariposa.
Ropa nueva, emociones a flor de piel, corría, sudaba, ansioso por oír las doce campanadas de aquel viejo reloj de casa, cenar en familia y quienes cayeran, hacer el brindis, tomar a regañadientes el chocolate ennatado, comer el pavo lo más rápido que se pueda e ir corriendo a abrir los regalos.
A decir verdad ese año fue uno de los mejores, los regalos que nos entregaron, los cuales obviamente no estaban dentro de la interminable lista que escribíamos a papa Noel, ya que aquella vez esperaba que me compraran juguetes jamás creados por el hombre, pero elaborados y construidos por mi enorme imaginación.
En casa, Esteban, mi hermano mayor, con tranquilidad, y hasta podríamos decir indiferente ante aquel enorme paquete que con su nombre debajo del árbol se encontraba, observaba la televisión; Bernardo, de cabello ondeado, de mirada asustadiza, muy delgado, bastante silente, con un rostro que más que emoción era de miedo por la venida de las doce y pensando en el pánico que sentiría por evitar oír los ruidosos petardos, hacían que olvidara aquel pequeño y discreto paquete envuelto en papel de regalo rojo, siendo lo mas saltante la tarjeta en donde se encontraba su nombre.
Por mi parte, reconocer y aceptar que fui un niño tranquilo y obediente seria mentir, mi curiosidad era enorme, tanto como las ganas de querer saber que llevaba dentro aquella caja, no más grande que una de zapatos, forrada con papel de regalo color verde cuyo diseño era un árbol de navidad lleno de bolas doradas y un largo lazo color rojo.
Tres sensaciones y posturas distintas, tres hermanos criados bajo el mismo techo con las mismas reglas…pero a la vez tan distintos hasta el día de hoy.
Fue durante la tarde del 24 que mi curiosidad trato de interponerse a la tradición…con la osadía y picardía que me caracterizaba, intente ver qué era lo que contenía mi regalo.
Llegaba de jugar fulbito del parque, entraba deteniéndome en la cocina para tomar grandes sorbos de agua, observando que nadie había alrededor fui a llamar a Bernardo.
-¡¡Bernardo, Bernardo!!- eran los susurros dirigidos a mi hermano menor que aún estaba en la calle.
-Ven, vamos a ver que nos han comprado- instantáneamente Bernardo entro corriendo a casa despidiéndose de la gente llegando a la sala y observando con impaciencia, curiosidad e intriga aquellos regalos.
Bernardo miraba su regalo con cierta decepción, ya que era el más pequeño en comparación a los otros, cabe resaltar que siempre los regalos de Esteban eran los más grandes, siempre fue así y así se mantuvo hasta nuestra última navidad antes de dejar de ser niños.
En casa las jerarquías tenían que respetarse, siendo Esteban el mayor de todos pues tenía derecho absoluto y mayor privilegio en recibir el regalo más caro y mas grande, a diferencia de Bernardo y yo.
Diría que en esta ocasión el regalo de Bernardo era demasiado pequeño, en cambio yo miraba el mío con ansias enormes que cuando menos lo esperé ya estaba entre mis manos, intentando despegar el papel de regalo sin romperlo para que no lo noten.
Fue en ese momento de sigilosa y delicada operación cuando llegó Esteban.
-¡¡Hey!! , ¿Qué hacen?- yo mirándolo le dije.
-Ven, y no hagas bulla para que veas tu regalo- error, Esteban era la persona más moralista, correcta e ingenua que a mis cortos 8 años había conocido.
-¡¡Dejen eso o le digo a mi mamá!!- fue su imperativa respuesta.
Con mirada de pocos amigos pero a la vez algo preocupado en que Esteban diga algo, pues deje todo y me fui a mi cuarto inmediatamente, no había llegado a ver nada, pero ya llegaría el momento de saberlo.
Aquel año solo éramos nosotros, mis padres y hermanos, no cayó nadie de visita, a comparación de otras navidades como solía ser la costumbre.
Terminamos de cenar, mi padre hacia el brindis del cual todos participábamos con el champagne, previo a ello mi madre con sus características oraciones de agradecimiento a Dios bastante prolongadas en donde se los juro, miraba al pavo y creía que resucitaría de tanta plegaria.
Recuerdo que como una clásica noche de 25, las estrellas en el cielo eran reemplazadas por los pomposos cohetes, no se observaba absolutamente nada, el humo opacaba el cielo, el inicio del verano ya se sentía, el calor no era insoportable pero si se percibía ligeros bochornos, a pesar de ello, mi madre nos servía el chocolate caliente, el cual odiaba y nunca lo terminaba… ¿qué hacer contra las viejas tradiciones a tus 8 años?… les aseguro que no mucho.
Llego el momento esperado, las campanas sonaron, el ruido ensordecedor de los petarnos, Bernardo abrazando a mi mamá muy asustado él, mi padre aún comiendo, Esteban abrazando a mi mamá deseándole una Feliz Navidad y luego saliendo a saludar a los vecinos.
Por mi parte con dos sensaciones encontradas, por un lado el querer salir a jugar y ver la magia, el brillo de los fuegos artificiales y divertirme con mis amigos y por otro el querer quedarme para ver mi regalo y el de mis hermanos, pero antes tenía que terminar de cenar y sentía que no lo haría nunca.
Tuve que decidir, opte por quedarme y ver mi regalo y el de mis hermanos, presuroso fui el primer en abrirlos.
Les aseguro que sentía interminable el momento, parecía una de aquellas películas en donde una escena se prolonga indefinidamente.
Llegue a la caja matriz en donde con plástico transparente, cual ventana, se podía observar el contenido, un pequeño muñeco, color verde, de tan solo articulaciones en los codos y rodillas, con un cinturón en donde colgaba de el una pistola láser. Un muñeco completamente sencillo pero de buen diseño y poco común en el medio.
Lo abrí, quite con sumo cuidado los sujetadores que lo mantenían unido a la caja, muy despacio lo cogí y colocándolo entre mis manos, con la mirada pegada en el, fui a darle las gracias a papá y mamá. No me importo saber cuál fue el regalo de Esteban ni de Bernardo, fuese cual fuese y cueste lo que cueste, para mí era el mejor de todos…mi mejor regalo.
Aquella noche dormí con mi regalo entre mis manos, nunca antes lo había hecho, nunca antes había sentido un apego tan especial y particular como con dicho muñeco, aquella Navidad soñé, sí, soñé como nunca antes había soñado, soñaba que peleaba al lado de mi muñeco, que liberábamos personas y que yo a pesar de estar herido continuaba peleando hasta que de pronto, un fuerte jalón en mi dedo del pie me despertó.
-Au, ¿Qué cosa?- dije.
Era mi padre, él tenía la mala manía de levantarme siempre de la misma forma, forma que obviamente detestaba.
- ¡Ya levántate!, ¡Baja a tomar desayuno! – fueron sus imponentes palabras.
Eran las 8:00AM, desayuno de navidad, comeríamos lo mismo que lo de la noche anterior, pavo que duraría por lo menos todo un mes.
Movía mis dedos sintiendo entre ellos al nuevo regalo, a mi nuevo muñeco, lo sujetaba con fuerza, yo aún sin abrir los ojos, esbozaba ya una sonrisa, una sonrisa de placer, alegría vespertina, con los ligeros rayos del sol dándome en la cara y a pesar del jalón de pie me levante feliz.
En la sala teníamos el televisor, frente de este un mueble con capacidad para tres personas, obviamente sentadas, y en cada extremo un mueble individual.
Llego a la sala, veían dibujos, los famosos pitufos, en dicho mueble se encontraba Esteban y Bernardo, cada uno recostados a lo largo, yo, aún con mi muñeco entre mi mano busco sentarme con ellos, inicialmente impidiéndomelo Esteban, yo algo fastidiado intento sentarme nuevamente e increpándole.
-Oye, ya pues, siéntate bien- con un ligero empujón a sus pies.
Esteban fastidiado al ver que buscaba a como de lugar sentarme en dicho sitio, no vio mejor manera de evitarlo que colocando su enorme pie en mi pecho y empujándome con fuerza.
En ese momento al sentir que caía pues por acto reflejo coloco mis manos para amortizar la caída.
Al levantarme, yo furioso, quería arremeter contra Esteban, sin darme cuenta aún de lo ocurrido. Bernardo se levanto, recogió del suelo algo mientras yo intentaba arremeter contra Esteban, jaloneo mi polo y así entregando lo que fue para mí el momento más difícil, ver mi mejor regalo roto.
La caída había hecho que todo mi peso reposara en mis manos, en ellas se encontraba mi muñeco el cual perdió una pierna… perdió una pierna en batalla.
No llore, tan solo con furia reprimida intente ver la forma de darle solución, bueno, el resto ya es simple deducción…quedo como lo volví a encontrar, nunca olvidaré a ese muñeco…Un Bioman.
...Los recuerdos aparecían de manera abrupta y fulminante, continuaba viendo escenas de mi vida, no sabía realmente cuanto tiempo había pasado, solo oía ruidos de sirenas, olor a gasolina, sentía como si sudor resbalara por mi frente, pero dudo mucho que lo fuera, aún dentro del auto las escenas iban y venían…